ONDA 26 es el lugar del blog en el que nos acercamos al entorno de San Felipe, ya sea a través de noticias de la familia filipense, testimonios o cualquier otra manifestación del espíritu de Felipe Neri.

Le gustaba visitar santuarios y basílicas, localizaba iglesias olvidadas para orar más tranquilamente y meditar en ellas. Pero su afición preferida era llegar hasta las catacumbas de San Sebastián y pasar tiempo en ellas orando entre las tumbas de los primeros cristianos de Roma, entre mártires y santos.

I Santi Carlo Borromeo, francesco di sales e filippo neri. Francesco Trevisani. Museo diocesano San Severino Marche

San Carlos Borromeo, san Francisco de Sales y san Felipe Neri

Y fue ahí, en ese lugar, cuando tenía 29 años, que tuvo la gran experiencia que modeló su vida. Fue el día de Pentecostés. Mientras oraba Dios marcó a Felipe de manera extraordinaria con el Espíritu Santo. Como una bola de fuego (de amor y alegría) entró por su boca y llegó a su corazón: “Estoy herido por el amor” se le escuchó decir en algún momento, “sucedió cuando era joven, al comienzo de mi conversión”, le diría al santo cardenal Borromeo que le preguntaba sobre su experiencia pentecostal, experiencia mística del amor de Dios. Esta experiencia dejó su señal física en el cuerpo de Felipe como testimoniaron muchos de sus contemporáneos.

Tras su muerte, el médico Andrés Cesalpino certificó: “Las costillas del lugar estaban quebradas, los huesos separados del cartílago… Llegué a la conclusión que esto tenía que ser sobrenatural. Era una solución que puso Dios para que el corazón con su fuerte palpitar no se dañara en las duras costillas, dificultado por el tumor del tamaño de un puño”.

Catacumbas Roma San Sebastiano

San Sebastian. Catacumbas

El “tumor”, la bola de fuego, fue la respuesta de Dios a su constante e insistente oración pidiendo los dones del Espíritu: “Luz de Luz ilumina mi corazón”. Bien podemos decir que Felipe recibió en su corazón el estigma del Espíritu Santo: El amor divino.

Esta experiencia del amor divino lo impulsa cada vez más hacia la gente. Practica lo que más tarde repetirá sin cansancio a su compañeros: “Hay que abandonar a Cristo por Cristo”, es decir, pasar de la oración a las obras de caridad.

Si vivió una temporada bastante solitario y retirado de las calles (aunque nunca estuvo serio ni melancólico), ahora su afabilidad se va a revelar con ganas. Dará vueltas por las plazas, tiendas, escuelas e incluso bancos (en Roma había muchos banqueros florentinos) hablando y hablando. Con mucho encanto se ganaba la gente para Dios y para sí con esta pregunta: “Y bien, hermanos, ¿cuándo empezamos a hacer el bien?”

En eso y en visitar el hospital de pobres y enfermos incurables, donde atendía a los allí recluidos ” con el amor y bondad con que una madre cuida a sus propios hijos”, empleaba su vida y su tiempo.

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