Queridos hermanos y hermanas:

Es un hecho constatable que entre nosotros el domingo se ha ido vaciando progresivamente de contenido religioso, diluyéndose en el llamado fin de semana. Por desgracia, son muchos los cristianos que a pesar de vivir inmersos en un ambiente cultural de raíces cristianas, desconocen la riqueza espiritual que encierra el domingo. Lo viven ajenos a cualquier referencia religiosa, incluida la fiesta de la fe que es la Eucaristía. Las complicaciones de la vida moderna, la apertura dominical de las grandes superficies, que reconozco que para muchas familias es una verdadera necesidad, y el hecho de que los servicios tengan que seguir  funcionando, hacen más difícil que en épocas precedentes la vivencia cristiana del domingo. Ni siquiera el descanso vinculado al domingo tiene relevancia, pues para muchos jóvenes es tiempo de frenética evasión nocturna alimentada por los estimulantes, el alcohol o las drogas, mientras para muchos adultos es un tiempo de huida, de evasión y alienación, del que vuelven incluso más cansados que cuando lo iniciaron.

Por ello, es necesario seguir insistiendo en la recuperación del sentido cristiano del domingo, día primordial de los cristianos, día del Señor resucitado y del don de su Espíritu, el señor de los días. Como nos dijera el Papa Benedicto XVI en el año 2006, el domingo es «un fragmento del tiempo empapado de eternidad, porque su alba vio al Crucificado resucitado entrar victorioso en la vida eterna». El domingo es la pascua de la semana, en el que el Señor pasa a la vera de nuestras vidas para transformarlas, renovarlas y recrearlas. Por ello, es el día en que todos estamos invitados a vivir la alegría de la salvación, a incrementar nuestra  formación cristiana, a vivir con gozo la vida familiar, más difícil hoy a lo largo de la semana, a hacer obras de caridad con los pobres, visitar a los enfermos y gozar de la naturaleza, don de Dios. En el domingo debe ocupar un lugar preeminente la oración y, sobre todo, la Eucaristía.

Urge redescubrir la riqueza espiritual de la Eucaristía dominical. Todos hemos de procurar que nuestra participación en ella sea para cada bautizado el acontecimiento central de la semana. Es un deber irrenunciable, que hemos de vivir no sólo para cumplir un precepto, sino como una necesidad, para que nuestra vida cristiana sea verdaderamente coherente y consciente. No olvidemos que la Eucaristía es el sustento y alimento que
hoy necesitamos más que nunca en los tiempos recios que nos ha tocado vivir.

Por ello, qué verdaderas son las palabras que pronuncian los mártires de Cartago en el año 304, cuando acuciados por el procurador romano que les conminaba a abandonar la participación en la mesa del Señor, responden con esta frase rotunda: «Sin el domingo no podemos vivir».

En la Eucaristía dominical los cristianos nos reunimos como familia de Dios en torno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida y nos alimentamos con el manjar del cielo para luchar contra el mal, vivir nuestros compromisos con entusiasmo y valentía y confesar al Señor delante de los hombres. Por otra parte, la celebración eucarística es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada. Por ello, a través de la participación en la Santa Misa, el día del Señor se convierte también en el día de la Iglesia, que se construye y edifica a través de la celebración de la Eucaristía. En ella comprendemos cada vez mejor nuestros orígenes,de dónde venimos y a dónde vamos, y reconocemos nuestras verdaderas señas de identidad. Así lo sentían los primeros cristianos, para quienes la participación en la celebración dominical constituía la expresión natural de su pertenencia a Cristo, de la comunión con su Cuerpo místico, en la gozosa espera de su segunda venida. En la exhortación apostólica Ecclesia in Europa el Papa Juan Pablo II nos invitaba a  recuperar el sentido más profundo del día del Señor, para que sea santificado con la participación en la Eucaristía y con un descanso lleno de fraternidad y regocijo cristiano. Al mismo tiempo nos pedía que no tuviéramos miedo a defenderlo de toda insidia, esforzándonos por salvaguardarlo en la organización del trabajo, de modo que sea un día para el hombre y provechoso para toda la sociedad.

Nos decía además que si se priva al domingo de su sentido originario y no reservamos un espacio adecuado para la oración, el descanso, la comunión fraterna, la vida familiar y la alegría, puede suceder que «el hombre quede cerrado en un horizonte tan restringido que no le permita ya ver el “cielo”. Lo constatamos cada día a nuestro alrededor. «Entonces, –concluye el Papa–, aunque vestido de fiesta, interiormente es incapaz de “hacer fiesta”. Y sin la dimensión de la fiesta, la esperanza no encontraría un hogar donde vivir» (n. 82).

Concluyo haciendo mías estas palabras del Papa y enviándolos a todos mi saludo fraterno y mi bendición.

† Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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