Vivir para sí.

Es un modo de estar en el mundo, es un modo de pensar, de actuar, de relacionarse con los hombres y con las cosas. El punto de referencia de todo soy yo. Cuando yo soy el centro de la vida, tenemos al hombre viejo,
incapaz por sí mismo de salir de la tiniebla de su hermetismo, cada vez más sumergido en el fondo del vicio y del pecado, con la mirada cada vez más puesta en las cosas de la tierra sin la posibilidad de elevarla hacia las alturas.

Hombre viejo, porque en cierta manera repite en su vida la historia antiquísima del primer Adán, del gusto del pecado y de la caída original.

Es el origen de la injusticia, del no compartir, de no ver la necesidad del
hermano. Es la hacer vida la frase que tanto se dice “mi cuerpo es mío y yo
hago con él lo que quiero”.

¿Cómo se puede mirar de frente a la muerte, cuando los grandes valores que
han regido la vida han sido los bienes materiales y las apariencias, a quienes
está prohibido pasar el umbral del más allá?

Con razón se puede aplicar a quien vive para sí las palabras de Jesús en la parábola del texto evangélico: “¡Insensato! Esta misma noche te reclamarán la vida. Las cosas que has acumulado, ¿para quién serán?”. Así es quien atesora riquezas para sí, quien centra en sí su propio vivir y actuar entre los hombres.

Vivir delante de Dios.

La mujer y el hombre nuevos tienen los pies bien puestos en la tierra y en los
quehaceres de este mundo, pero sus mirada y sus corazones están puestos
arriba, en el cielo, hacia donde caminan con confianza y esperanza. Quien vive para Dios no se enajena del mundo, no lo desprecia ni lo odia, porque es la casa que el Padre le ha dado para que en ella habite. Trabaja como todos los demás, gasta sus fuerzas para producir riqueza, pero tiene un corazón puro y desprendido, y sabe muy bien que los bienes de este mundo tienen un destino universal, y no pueden ser injustamente acaparados en pocas manos.

En vez de decirse a sí mismo: “Descansa, come, bebe, banquetea”, piensa más bien en cómo ayudar para que todas las personas, sobre todo quienes están más cerca de su vida, tengan su oportuno descanso, dispongan de alimentos y puedan sanamente disfrutar de lo necesario para un banquete de fiesta.

Por esto, hoy se necesita con mayor urgencia proclamar las palabras de Jesús: «la vida no está en los bienes». La vida tiene valor en sí misma. Es un Don al que todos los seres humanos tienen derecho. Nuestro trabajo no puede ser únicamente la acumulación inconsciente e innecesaria de cosas, de dinero, de placeres. Nuestro trabajo debe ser humanizado. No puede estar en función del éxito comercial sino del crecimiento como personas. No puede ser sólo un mecanismo de sobrevivencia, sino, ante todo, un lugar de realización de un proyecto de vida orientado completamente a alcanzar la plenitud del ser humano a los ojos de Dios.

Vive en Cristo, proclama la Vida. (caritas-sevilla.org)

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