No siempre la fe es una experiencia fácil, apoyada en una seguridad evidente. Las tres lecturas de este domingo invitan a revisar el sentido que damos a la fe y los fundamentos que la sostienen.

Hay tiempos en que la oscuridad y la inseguridad parecen imponerse a los mismos creyentes. A veces los tiempos se tornan particularmente difíciles y exigentes para la fe. La fidelidad a la palabra de Dios y al seguimiento de Jesús resulta ardua.

La fe no es una certeza basada en lo que se muestra evidente; sino, como en el caso de Abrahán, obediencia a la llamada de Dios, confianza para ponerse en camino “sin saber a dónde iba”; descansa únicamente sobre la fidelidad de Dios que hace la promesa. Nos fiamos plenamente de Él.

La fe confiere al creyente aliento y firmeza suficiente para vivir el presente
oscuro con fidelidad. La carta a los hebreos, hablando de Moisés, lo dice
claramente: “Por la fe (…) se mantuvo firme como si viera al invisible”.

Jesús en el texto del Evangelio promete a los suyos, “pequeño rebaño”, el
Reino que el Padre se complace en darles. No es un camino exento de dificultades, sino la palabra comprometida de Dios, la garantía para caminar sin temor, es decir para creer la promesa. Pero la promesa, precisamente por
serlo, no es realidad presente que ya se pueda palpar.

La fe en las promesas de Dios, su Reino, compromete a asumir la historia con
responsabilidad para que la Palabra empeñada por Dios vaya dejando en
nuestras realidades la marca de su eficacia salvífica. La fe no da a los creyentes claves para vivir más tranquila y cómodamente. El haber conocido la voluntad del Señor nos hace tener mayor responsabilidad ante Él: “a quien se le confió mucho se le pedirá más”.

En nuestro camino de creyentes en Jesús se nos pide fidelidad, coherencia y
confianza. En tiempos difíciles y oscuros como los presentes, aunque sea
mirándolas desde lejos, no hay que perder de vista las promesas, que por ser
de Dios, llevan la garantía de su realización y fortalecen nuestra esperanza. (fuente)

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