Carta semanal para el domingo 15 de agosto de 2010, solemnidad de la Asunción de la Virgen, del obispo de Terrassa, monseñor Josep Àngel Saiz Meneses

Este año el 15 de agosto coincide con el domingo, el Día del Señor resucitado. Es una fiesta luminosa que entronca perfectamente con la celebración dominical en honor de Jesús resucitado. Es la Pascua de Maria, el paso de este mundo, a la gloria en cuerpo y alma. Muchas cristianas celebran hoy su fiesta onomástica y muchos pueblos, villas y ciudades de nuestra tierra celebran hoy su fiesta mayor, en medio de agosto.

En medio del verano, celebremos con gozo esta fiesta. Y si es la fiesta mayor de nuestra comunidad, con mayor motivo todavía, porque los cristianos y cristianas, en esta fiesta, tenemos un gran motivo de esperanza.

La Santísima Virgen asunta al cielo es motivo de esperanza para todos nosotros porque -lo definió como verdad de fe el Papa Pío XII en el año 1950- María comparte ya, en cuerpo y alma, la vida de su Hijo Jesús, la vida de la resurrección; aquella vida que todos esperamos vivir un día también para siempre.

María, asunta al cielo, es un punto de referencia y un consuelo para todos nosotros. Ella vive ya aquello que cada creyente y la Iglesia entera y la humanidad anhela: vivir un día la vida plena de Dios. Como dice el Concilio Vaticano II, “finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59).

Santa María antecede con su luz al Pueblo de Dios, que avanza entre pruebas y tribulaciones de todo orden en medio de este mundo y para el que “la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo” (LG 68).

En este día, creo que es oportuno recordar la recomendación que hizo el Concilio Vaticano II: “Todos los cristianos han de ofrecer insistentes súplicas a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que ella, que estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones, también ahora en el cielo, exaltada sobre todos los bienaventurados y ángeles, en comunión con todos los santos, interceda ante su Hijo, hasta el momento en que todos los pueblos, los que se honran con el nombre de cristianos, así como los que todavía no conocen a su Salvador, puedan verse finalmente reunidos en paz y concordia en el único Pueblo de Dios” (LG 69).

Puede ayudar mucho, en esta fiesta de la Asunción, repasar y rezar la oración de la Salve Regina. Se ha dicho que esta bella plegaria es como el resumen de nuestra vida y de nuestra fe. Es una plegaria realista que no oculta los llantos y las lágrimas. Pero que pone en nuestros labios la fe en que, en este camino, nos acompaña una “Madre de misericordia”, que es “vida, dulzura y esperanza nuestra”.

No nos olvidemos de rezarla hoy y, si es posible, todos los días de nuestra peregrinación por este mundo para que al final “nos muestre a Jesús”.

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa

(fuente: revista ecclesia)

Anuncios