Los santos son modelos de la vida cristiana. María, desde el excepcional lugar que ocupa en la historia de la salvación, lo es especialmente.

El canto del Magníficat consiste en una acción de gracias que María pronuncia no como una persona aislada, sino como hija de un pueblo.
Esa es claramente la intención de Lucas. María, y con ella su pueblo, canta la grandeza de Dios.

El poder del Señor, que se revela en la historia a través de acciones salvíficas, es fuente de una honda alegría. Los gestos liberadores de Dios parten de los más humildes y oprimidos.

En María empieza a renovarse la alianza entre Dios y su pueblo. La alegría que experimenta María la pone en condiciones de proclamar la Buena Nueva. En la fuente del anuncio del Evangelio se halla siempre una vivencia gozosa del Señor. Este sentimiento le ensancha el corazón y la dispone a acoger, una vez más, la presencia del Señor.

María se encamina así al punto central de su canto, se trata de la proclamación de la santidad de Dios: “Santo es su nombre”. La misericordia de este Dios lo hace acogedor y tierno, y alcanza a todos. Ella es también el fundamento de aquello que celebramos en esta fiesta de la Asunción. Todo viene de Dios y de su amor gratuito.

Ese es el corazón de la revelación bíblica. La preferencia por el débil y el oprimido atraviesa toda la Biblia. El canto de María lo recuerda con fuerza: “derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada”. El texto dice simplemente lo que se lee en él y en toda la Biblia. Los intentos por suavizarlo y quitarle su mordiente histórico ignoran las promesas bíblicas.

Estamos, una vez más, ante lo que se llama la “inversión mesiánica”. Los últimos serán los primeros, dice Jesús. En el canto de María los pobres son
designados a partir de una carencia básica y cruel: el hambre. El hambre significa, muerte temprana e injusta. Injusta porque es el resultado del olvido, la exclusión y el despojo. Del pecado, por consiguiente. Este hecho
complejo nos ayuda a comprender la afirmación de Pablo, a propósito de la
resurrección de Cristo: “el último enemigo en ser destruido será la Muerte”.

La resurrección es la victoria sobre la muerte y todo lo que ella implica. Es la
afirmación de la vida, de ella están encinta la historia en la que se encarna el
Hijo de Dios, María que lo lleva en su vientre y la Iglesia que debe anunciarlo.

Todo ello es materia de acción de gracias para María y para su pueblo. La
fuerza espiritual del Magníficat está en hacernos ver que la búsqueda de la
justicia ha de ser colocada en el marco de la gratuidad del amor de Dios.
Exigente y profunda síntesis en la que se juega nuestra fidelidad al Evangelio
de Jesús que el canto de María nos recuerda. (fuente: caritas-sevilla.org)

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