La salvación del Dios que se revela en la Biblia no es sólo para unos pocos, está abierta a todos.

Esa es la gran lección que las lecturas de este domingo quieren recordarnos.
El evangelio comienza con la pregunta de uno de los oyentes de Jesús: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?”. La pregunta podría entenderse en
simples términos numéricos, pero Jesús no la asume de esta manera. Su respuesta es tan directa como aparentemente desconcertante: “luchen por entrar por la puerta estrecha”. La salvación pasa por la puerta angosta.

Una clave para entender la respuesta de Jesús se encuentra al comienzo del texto cuando nos recuerda que Jesús iba camino a Jerusalén. En los evangelios el camino a Jerusalén expresa la decisión de Jesús de cumplir fielmente la misión de su Padre de anunciar y practicar la Buena Nueva hasta las últimas consecuencias. En ese contexto, en la ruta de Jerusalén, tiene lugar la pregunta del oyente y la respuesta de Jesús.

La puerta estrecha es efectivamente excluyente, no en cuanto a las personas,
sino en cuanto al “derecho” de ser salvado. La salvación no viene de una simple cercanía física a Jesús, no basta haber comido o bebido con él, o haberlo escuchado en las plazas. Tampoco es la consecuencia de pertenecer a
un determinado pueblo, en este caso el pueblo judío. El texto no lo dice, pero
se podría añadir, en fidelidad al espíritu de la respuesta de Jesús, que la
salvación no se circunscribe a una raza o una cultura.

La salvación viene cuando aceptamos a Jesús y nos ponemos tras sus pasos. Esa es la puerta estrecha, la puerta única a la vida, es una entrada exigente. Puede en un momento resultarnos penosa, como la corrección de que se habla en Hebreos, “pero luego produce fruto apacible a la justicia”. La puerta estrecha se convierte de este modo en puerta grande, abierta a todos, sin exclusivismos.

Lo recalca el texto de Isaías al decir el Señor: “yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua”. La puerta estrecha – el seguimiento de Jesús – debe ser puesta en relación con la apertura a la universalidad, a todas las naciones. Todos están invitados a seguir el camino de Jesús. Todos están invitados, pero la invitación significa seguir el camino de Jesús.

La apertura a la universalidad no diluye el contenido de la invitación. Se puede también pensar que la puerta estrecha es justamente la puerta de entrada de la multitud a la mesa del banquete del Reino.

Esto nos lleva a afirmar que la vida cristiana es una vida de lucha diaria por
elevarse a un nivel espiritual superior; es erróneo cruzarse de brazos y
relajarse después de haber hecho un compromiso personal con Cristo. No
podemos quedarnos estancados en nuestra fidelidad al Reino de Dios. A este
Reino son admitidos todos los justos de la Tierra que han luchado, amado y se han esforzado por su fe con sinceridad de corazón, esto significa que el
cristianismo se abre a todas las razas, culturas, expresiones sociales y
personales sin ninguna restricción. (fuente: Caritas-sevilla.org)

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