Excelencia Reverendísima: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré su fidelidad por todas las edades”. Con estas palabras del salmo 88 inicio la alocución conclusiva de esta Eucaristía solemnísima, en la que, como Legado Papal y en nombre del Santo Padre Benedicto XVI, ha agregado usted a Madre María de la Purísima al catalogo de los beatos de la Iglesia. Sí, es justo que demos gracias a Dios, que ha permitido que llegara este día y que, por medio de su Espíritu, es el venero y hontanar de la santidad de esta mujer excepcional que ha hecho de su entrega a Jesucristo y a los pobres la razón suprema de su vida.

En esta mañana damos también gracias a la Iglesia, que acaba de proponer a los cristianos de Sevilla, de las Iglesia hermanas de Andalucía y España, un modelo concreto y cercano de santidad, la vida de una mujer contemporánea nuestra, nacida en Madrid, que vivió la mayor parte de su vida en esta tierra, a la que muchos de los presentes han conocido, que ha vivido su fe y ha encarnado el Evangelio de forma heroica y radical en nuestro tiempo, en nuestro ambiente, en esta histórica y noble ciudad de Sevilla. La Iglesia en esta mañana nos ha mostrado a Madre María de la Purísima como modelo del amor más grande y de la fidelidad más plena para cada uno de nosotros, llamados como ella a la santidad. A partir de hoy, la vida y el testimonio de Madre María de la Purísima nos va a ayudar a todos a descubrir el rostro de Dios, que se ha encarnado y ha tomado forma en el rostro de esta mujer que ha hecho de Cristo la razón última de su existencia. (…)

Como Vuestra Excelencia nos ha reiterado en su homilía, ellas han sabido, incluso en tiempos difíciles, conservar admirablemente, con la ayuda de Dios, las buenas esencias de sus orígenes y la fidelidad al carisma que el Señor concediera un día a su Santa Fundadora. En ello tuvo una parte destacada la nueva beata, que luchó denodadamente para que no se malbaratara el espíritu fundacional. Las Hermanas de la Cruz, con su pobre y tosco sayal son la admiración de Sevilla y de todas aquellas poblaciones de Andalucía y España donde tienen sus casas, porque viven el Evangelio químicamente puro, con toda su belleza y radicalidad. De ellas salen cada noche para velar y servir con infinito amor a los enfermos, y en ellas socorren a los pobres y cuidan con caridad sobrenatural a las ancianas acogidas y a las niñas de familias humildes, a las que brindan una sólida formación humana y cristiana.

Ellas, desde el cimiento firmísimo de una sólida vida interior, el ejercicio de las obras de misericordia, la pobreza radical, el amor al silencio, su humildad sencilla, su fraternidad alegre, la mortificación constante y la generosa penitencia, fijando su morada en el Calvario y viviendo a la sombra de la Cruz, como escribiera Madre María de la Purísima en 1996, nos están diciendo elocuentemente a todos dónde se encuentran los auténticos valores que dan consistencia a nuestra vida y cuáles son los caminos de la autentica renovación de la Iglesia y de la vida consagrada. Dios nuestro Señor premia su fidelidad con vocaciones abundantes, que hacen mirar con esperanza el futuro de su Instituto.  (…)

Desde esta mañana, Sevilla, la Iglesia en España y la Iglesia universal tenemos una nueva intercesora ante el Padre. En ella tenemos todos un espejo en el que mirarnos. Ella nos estimula con su ejemplo y nos dice elocuentemente que también hoy es posible aspirar a la santidad en Sevilla, en España y allí donde la Providencia nos ha situado a cada uno. Ella nos dice que también hoy, en un tiempo cercano al que a ella le tocó vivir, es posible responder a la palabra de Jesús: “Sed santos, como el Padre celestial es santo” (Mt 5,48). En realidad, esta es la primera necesidad de la Iglesia y del mundo en esta hora. Para poder anunciar con autenticidad el Evangelio, la Iglesia de hoy tiene necesidad de una nueva floración de santos, santos capaces de traducir con sus vidas en el momento presente la vida y las palabras de Jesús; santos capaces de hacer sentir a Cristo como nuestro contemporáneo y no como un recuerdo del pasado; santos en cuyo rostro se haga epifanía del rostro de Cristo resucitado; santos en los que sopla y habla el Espíritu Santo con dulzura y fuerza al mismo tiempo; santos en los que los hombres puedan vislumbrar el tesoro de la gracia que es Cristo custodiado por la Iglesia.

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