SAN GEDEÓN, juez del Antiguo Testamento

La presencia de Gedeón en el Martirologio Romano no deja de resultar un tanto extraña, ¿por qué Gedeón y no Baraq, o Jefté, o Sansón? Gedeón fue «juez» en Israel; también lo fueron Otniel, Ehud, Baraq, Jefté, Sansón, y los otros seis llamados «jueces menores», de los que apenas se ha conservado el nombre y tribu a la que pertenecieron (Samgar, Tolá, Yaír, Ibsán, Elón y Abdón). ¿Por qué entonces sólo Gedeón está presente en el Martirologio, como juez santo del AT? Si leemos el ciclo de Gedeón, que ocupa los capítulos 6 a 8 del libro de los Jueces, no encontraremos razones para incluirlo demasiado distintas a las que encontraríamos para incluir a Sansón o a Jefté. Acaso entonces debamos ver en Gedeón no más que el resumen y la evocación que el Martirologio Romano hace de la santidad de Dios presente en un período confuso, oscuro y lejano de la historia bíblica: el llamado «período de los jueces».

Este período abarca unos doscientos años, quizás poco más, de la historia de Israel: el que va desde el fin del éxodo, hacia el 1200 a.C., hasta la institución de la monarquía, hacia el año 1000. Todo lo que decimos de ese período proviene de la Biblia, ya que Israel no era todavía una entidad históricamente relevante como para tener noticias de ella que no procedan de la propia Biblia; y todo lo que ella narra se encierra en un delgadísimo libro, el libro de los Jueces, escrito unos seiscientos años después, en una época terrible de Israel: cuando marchaba al exilio, del que no sabía aun que sería nuevamente liberado. Así que la historia de los humildes comienzos de Israel es contada a la vista de lo que parece ser su trágico final. No es raro que todo el libro esté teñido de cierta carga de nostalgia por la oportunidad histórica perdida de ser realmente un pueblo de Dios, a la vez que de cierta rabia impotente por contemplar que fue el propio carácter tozudo de Israel -que una y otra vez abandonaba al Dios vivo y verdadero para seguir a los ídolos, obra de sus manos- el que empujó al pueblo hacia su final. El libro de los Jueces no cuenta la historia de los jueces en nuestro sentido moderno -documental y exacto- de la palabra «historia», ya que seiscientos años después apenas si quedaban de aquellos tiempos retazos de relatos folclóricos, heroicos, tradicionales, una confusa mezcla de nombre propios, lugares y batallas, a medio camino entre la historia y la leyenda… El libro de lso Jueces no cuenta la historia del período de los jueces sino que juzga la historia de Israel -la historia entera, pero sobre todo la época inmediatamente anterior al exilio- a la luz de estas historias fragmentarias del Israel inicial, convertidas en parábolas del destino del pueblo.

La historia de Gedeón es una de esas historias fragmentarias; es también posiblemente la mejor para elegir como paradigma de Israel. Gedeón se define a sí mismo: «Mi clan es el más pobre de Manasés y yo el último en la casa de mi padre» (Jue 6,15). Esta debilidad de Gedeón, debilidad reconocida y aceptada por él, como en el caso de Moisés, de David, de Elías, de Isaías, es lo que lo pone en la mira de Dios. Durante los tres capítulos que abarca el ciclo narrativo de este «juez» (en realidad nunca se lo llama «juez» sino «salvador») se acentúa ese rasgo: su debilidad. Llegando incluso al extremo de que luego de reunir una considerable fuerza militar para librarse del enemigo madianita, por encargo del propio Dios, Gedeón «limpia» su ejército para quedarse con tan solo 300 hombres: «Yahveh dijo a Gedeón: ‘Demasiado numeroso es el pueblo que te acompaña para que ponga yo a Madián en sus manos; no se vaya a enorgullecer Israel de ello a mi costa diciendo: “¡Mi propia mano me ha salvado!”‘» (Jue 7,2). Gedeón es así quien, libre del compromiso de ser fuerte, queda totalmente dispuesto a que obre Dios en él y a través de él.

El elogio del Martirologio Romano pone su mirada en dos aspectos del relato de Gedeón: el «signo del rocío» y la destrucción del altar de Baal. El signo del rocío se narra en 6,36-40:
«Gedeón dijo a Dios: “Si verdaderamente vas a salvar por mi mano a Israel, como has dicho, yo voy a tender un vellón sobre la era; si hay rocío solamente sobre el vellón y todo el suelo queda seco, sabré que tú salvarás a Israel por mi mano, como has prometido.”
Así sucedió. Gedeón se levantó de madrugada, estrujó el vellón y exprimió su rocío, una copa llena de agua.
Gedeón dijo a Dios: “No te irrites contra mí si me atrevo a hablar de nuevo. Por favor, quisiera hacer por última vez la prueba con el vellón: que quede seco sólo el vellón y que haya rocío por todo el suelo.”
Y Dios lo hizo así aquella noche. Quedó seco solamente el vellón y por todo el suelo había rocío.»

Se trata de una ordalía, o apelación directa al juicio divino, para establecer la verdad, en este caso de la elección auténtica de Gedeón; sin embargo, en la tradición interpretativa posterior, principalmente con lo Padres de la Iglesia, este rocío adquirió una significación alegórica, esbozada en el elogio, como la fuerza de Dios que fecunda a israel, o como la gracia divina, la doctrina auténtica, etc (ver, por ejemplo, san Agustín, «Carta a los católicos sobre la secta donatista», nº 10).

La destrucción del altar de Baal es, podríamos decir, la gran gesta que asimila a Gedeón a los mártires cristianos, resumiendo la esencia de la verdad bíblica en un aspecto que, aunque cambie de formas en cada época, no puede dejar de estar presente: por Dios, contra el ídolo. Allí donde hay santidad bíblica hay esta lucha activa contra el ídolo, en la debilidad de un creyente que sabe que no es él mismo la fuente de esa verdad, sino que toda lucha y todo triunfo se debe a la acción escondida del propio Dios. En Gedeón, más que en los otros «jueces» del libro, se encarnan perfectamente estos aspectos, que sintetizan la mirada cristiana sobre la santidad. (fuente: Testigo Fiel)

Anuncios