SANTOS ADOLFO Y JUAN, mártires

Aunque la injuria del tiempo robó a la posteridad las Actas que el esclarecido abad Espera en Dios escribió con estilo elegante sobre san Adulfo y san Juan, protomártires de la sangrienta persecucion que Abderramán, Rey de Córdoba, movió contra los cristianos en los principios de su Imperio, con todo, por lo que nos dice san Eulogio en el Memorial de los Mártires de Córdoba remitiéndose al testimonio de su Maestro, sabemos que triunfaron ambos héroes de los enemigos de Jesu-Cristo, sirviendo su ejemplo para alentar a muchos cristianos débiles a que diesen iguales pruebas de su fe.

Nacieron ambos en Sevilla o en su Diócesis, de padres iguales en nobleza, pero desiguales en religión, cuya conjunción no era extraña en aquellos siglos calamitosos, en los que vivían los fieles mezclados con los mahometanos, como hoy sucede en los países en que se profesan sectas diferentes. Quiso su madre, llamada Artemia, encargarse por sí de la educacion de Adulfo, de Juan, y de Áurea, que fueron los tres frutos de bendición que les concedió el Cielo para que ennobleciesen la Iglesia; y mamando éstos con la leche las piadosas máximas de nuestra santa religión, no fueron capaces para separarlos de ella la fuerza, los ruegos, ni las persuasiones de sus deudos, las amenazas de los jueces, ni aun la misma muerte. Murió el padre de Adulfo, de Juan y de Áurea, y resolvió Artemia retirarse donde pudiera con libertad practicar los ejercicios de la religión que profesaba. Supo que en Córdoba gozaban este indulto los cristianos a expensas de los crecidos tributos que les exígian los moros, y pasando a ella con sus tres hijos, se estableció en el monasterio de Santa María de Cuteclara, uno de los que florecían en el territorio de Córdoba. En él ascendió por sus relevantes méritos al cargo de Abadesa, y fue madre de muchas ilustres religiosas, que se criaron bajo su sabia y prudente dirección. Fomentó en aquella ilustre casa las nobilísimas ideas que imprimió en los tiernos corazones de Adulfo, de Juan y de Áurea desde sus primeros años, y adelantándose éstos cada dia en el camino de la virtud, tuvo el consuelo de que se distinguiesen sobremanera por la justificación de su conducta y por su singular piedad, entre los mas fervorosos cristianos de su época.

No podian tolerar los parientes de Sevilla por parte del padre, que los dos ilustres hermanos profesasen la religion cristiana, creyendo que en esto infamaban la nobleza de sus ascendientes, y para estorbarlo se valieron de los consanguíneos que tenían en Córdoba, á fin de que les aconsejasen secretamente que siguiesen la ley de su padre, so pena de delatarlos a la Justicia, para que los castigase por desertores de la religion que habían profesado todos sus mayores. Oyeron Adulfo y Juan la amonestacion de sus deudos con el mayor desprecio, haciéndoles ver que estaban dispuestos a padecer todos los castigos que pudieran discurrir los árabes, antes que separarse de la religion cristiana; y resentidos aquéllos de semejante respuesta, recurrieron al juez mahometano, ponderándole la terquedad de los dos hermanos. No oyó el Juez con indiferencia la acusación, antes bien, celoso del honor que resultaba a su Profeta, mandó a sus ministros que los trajesen ante su tribunal, donde les reconvino de esta forma: «Varones nobles, que gozáis por vuestro padre esta cualidad, y con qué derecho seguís la ley de vuestra madre, no queriendo ilustraros con la que profesó aquel, manchando vuestra ilustre prosapia con una torpe religión. Si el esplendor paterno os ennoblece, ¿por qué no condecoráis vuestras acciones con su fe? Decreto es de los Árabes, que el bijo que se ilustra con el honor del padre siga su Religión; bajo cuyo supuesto resolved: o abrazar la ley que profesó vuestro padre, o disponeos para una muerte infame.»

Pareció al Juez que semejante reconvención haria fuerza a los dos ilustres confesores de Jesu-Cristo; pero quedó lleno de confusion cuando le respondieron con aquel valor y con aquella fortaleza, que es característica de los héroes del cristianismo: «Ningún hombre se ennoblece con la cualidad que le conduce a su eterna perdición, ¿por qué razon hemos de seguir la ley de nuestro padre, cuando es un contexto de patrañas y de falsedades? El esplendor de nuestra prosapia debe ceder a la virtud, y la nobleza de nuestros ascendientes a la verdad que enseña la religión de Jesu-Cristo, que es el que ennoblece a sus creyentes, y hace reinar a los que le sirven. Nosotros abrazamos esta ley desde nuestros primeros años, y la veneramos como justa y santa, pues todo cuanto no es conforme a ella, es notoriamente falso, y no procede de Dios; por cuya confesion desde ahora ponemos a tu disposicion nuestros cuerpos, sobre lo que solamente tienen poder las Potestades del mundo, renunciando a todos los blasones de la caduca nobleza que ponderas.»

No es fácil manifestar la cólera que concibió el Juez al oír una respuesta tan generosa, y viendo inútiles todos sus esfuerzos para pervertir a los dos jóvenes, tan constantes en la fe como ansiosos a padecer por amor de Jesu-Cristo, los sentenció a pena capital. Ejecutóse la injusta providencia en el día 28 de septiembre por los años 824 o 25 segun el cómputo mas arreglado al tiempo en que señala su martirio san Eulogio, que fue en los principios del reinado de Abderramán. Y habiendo recogido los cristianos los venerables cadáveres en una noche tenebrosa, les dieron sepultura en la Iglesia de San Cipriano. (fuente: Testigo Fiel)

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