Somos hombres y mujeres de poca fe, al

igual que los discípulos de Jesús lo hicieron, hemos de reconocer que somos personas de poca fe.

Y es que la fe no es simplemente saber intelectualmente una serie de cosas, sino un compromiso personal que mueve nuestra vida y que nos vincula al Señor.

Así lo dice Jesús, la fe es confianza en Dios y por tanto en la obra de Dios que somos nosotros. Por ello, los creyentes no podemos esperar que Dios lo arregle todo. Los hombres somos los colaboradores de Dios, así lo ha querido Él y por eso ha confiado el mundo a nuestra responsabilidad. Ciertamente nosotros no podemos resolverlo todo, pero hasta llegar al límite de nuestras fuerzas, queda aún mucho camino por recorrer.

La doctrina social de la Iglesia, en las últimas encíclicas de los últimos Papas, ha trazado vías y ha hecho luz sobre infinidad de cuestiones relativas a la pobreza, el hambre, etc. Escuchar esas consignas y discutirlas y contrastarlas con otras propuestas de los expertos y de los responsables políticos, es nuestra tarea como creyentes.

A pesar de todos nuestros esfuerzos y de tanto noble esfuerzo de hombres beneméritos, quizá no superemos la indiferencia y las trabas de otros muchos, pero sólo la buena voluntad y el esfuerzo nos autorizarán a poder clamar al cielo y pedir a Dios que venga en nuestra ayuda para que mueva la voluntad de unos e ilumine la mente de otros, a fin de que entre todos tratemos de poner remedio a los males de nuestro tiempo y de siempre: la injusticia, el hambre, el paro, la desigualdad, la pobreza, el sufrimiento. La misión de la Iglesia, la que le confió Jesús es salvar hombres, sobre todo, a los más pobres y desatendidos de todos.

El hambre, la pobreza, el paro, la explotación, el dolor, la muerte… todo eso pone en cuestión la dignidad humana, pone en cuestión al hombre. No podemos presumir de personas, si somos indiferentes ante los graves problemas que tiene planteados la humanidad o el hermano que pasa a nuestro lado.

Ante el afán de dinero, culto al cuerpo, afán de triunfo, grandes dosis de egoísmo, de indiferencia hacia los demás, de desprecio a los débiles, resuena la voz del Espíritu: No tengas miedo de dar la cara por Cristo. Muchos tienen miedo de presentarse como cristianos y adoptan una manera de pensar y sentir que contradice su propia fe. Es el influjo del ambiente.

Y a nosotros nos surge la petición apostólica: «Auméntanos la fe». Todo cristiano tiene que hacerla suya porque es la petición justa. Justa, porque la fe es algo que se pide: es un don de Dios, el DON fundamental de Dios sobre el que descansan los demás dones, como el del ministerio que Timoteo había recibido. Por eso es justa la petición: «El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe».

(fuente: caritas-sevilla.org)

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