DOMINGO DE CÁRITAS

“Dios no es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos” (Lc 20, 38).

Dios, por su palabra, nos dice con certeza, que después de esta existencia terrena, existe para el hombre un futuro de inmortalidad. No es un mero deseo, la fe en la resurrección, en que viviremos en gloria, es el compromiso de nuestro Dios, que se ya se ha hecho presente en la Resurrección de Cristo, porque Dios, no es un Dios de muertos sino de vivos, y comunica la vida a cuantos en él ponen su esperanza.

La resurrección a la que nos lleva la vida en Cristo no es una vuelta después de muertos a esta vida, sometida al poder de la muerte y a la degradación física. No es revivir. Para conocer la vida futura, tenemos que mirar al Resucitado.

Jesús, tras su resurrección, es “Él mismo”, pero no es “el mismo”. Es la realidad corporal y total de la persona transformada en un cuerpo glorioso.

Diríamos que es una realidad inimaginable, pues el Resucitado solo se deja ver, cuando Él quiere; la resurrección ha de ser creída y esperada, pero no imaginada.

Para entrar en la dinámica de la resurrección hay que ser fieles, como lo  fueron las mujeres, capaces de estar en el camino, cuando había que evangelizar; junto a la cruz, en los momentos de dolor; ante el sepulcro, cuando solo cabía el amor.

La resurrección solo se comprende desde el amor, porque solo el Amor infinito de Dios ha podido tener para nosotros preparados este gran don.

La resurrección da sentido a la vida y a nuestra vida. Lucas lo dice cuando Jesús Resucitado se hace presente en el Cenáculo, “tenía que ser así”. La resurrección es una victoria sobre la injusticia. Si la muerte es un castigo por el pecado, como dice san Pablo, “la muerte entró en el mundo por el pecado”, si la muerte domina en el mundo ¿qué papel juega Dios en todo esto?

Jesús responde afirmativamente a esta pregunta por la vida, a partir de su cercanía única y su intimidad con Dios. El creyente y seguidor de Cristo, también puede responder afirmativamente a esta pregunta, sabiendo que ese sentido está en Jesús y su Resurrección.

La “hermana muerte”, como la llamaba Francisco de Asís es solo el paso a  una vida nueva; es un dolor fecundo que da paso a la vida en plenitud. La fe en la resurrección ha de conducirnos a los cristianos a trabajar por la vida, a ser, como Cristo, portadores de vida, a anticipar aquí y ahora los bienes que sabemos Dios nos tiene preparado, a trabajar por un mundo nuevo donde el amor y la justicia sea lo que impere, donde desaparezcan las desigualdades, donde la solidaridad, la comprensión, la compasión y la misericordia sean los únicos caminos que tengamos las personas para relacionarnos.

Será hacer presente una plegaria de confianza: “Señor, creo que estoy un escalón más cerca de Ti, y no más cerca de la nada. Señor, que ayude a mis hermanos a que estén cada día más cerca de Ti”.

(fuente: caritas-sevilla.org)

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