La predicación del Bautista, es una invitación a la conversión y a la penitencia e introduce la predicación de Jesús. Mateo lo muestra, no
solo invitando a la conversión, sino que la razón última de la conversión es que «Está cerca el Reino de los cielos».

Dios ciertamente quiere reinar y ya está actuando realmente en este mundo para colmar las expectativas de las personas y arrancar de cuajo el pecado,
las enemistades, las injusticias, el egoísmo.

Ya podemos todos ponernos manos a la obra a enderezar los senderos de Dios, porque Él mismo lo quiere y lo hace posible. El bautismo es la señal, el signo visible de acoger la cercanía de Dios y para ello es necesario evitar toda doblez. El Bautista no es que pretenda que seamos justos de antemano, sino que optemos por abandonar la hipocresía, las mil formas con que creemos engañar a Dios, el confiar en una justicia basadas en formas sociales o religiosas o morales, vacías de una auténtica conversión del corazón y de la vida.

Dios es fiel y quiere cambiar nuestra vida, para que también nosotros
cambiemos el mundo. El quiere salvarnos, porque vivir de otra manera, un
mundo distinto, el mundo que Dios quiere es posible.

La condición para la conversión es no ocultar el mal que tenemos dentro, sino manifestar lo que somos, para poder realmente cambiar de mentalidad y de vida y así estar disponibles, ligeros de equipaje para cambiar trabajar por un mundo distinto.

Nuestra sociedad no es precisamente una comunidad que irradia el amor de
Dios, sino una peligrosa red de dominación y manipulación en la cual podemos quedar atrapados y perecer. Será termómetro para analizar cómo está nuestra conversión el preguntarnos qué tendremos que hacernos es si nosotros estamos ya tan modelados por los poderes seductores del mundo que nos hemos vuelto ciegos para ver nuestros desgraciado estado y el de los que nos rodean, y sobre todo si hemos perdido ya la motivación necesaria para lanzarnos a nadar y salvar nuestras vidas, junto con la de los demás.

Como cristianos, nuestra pertenencia a la Iglesia no es un privilegio a mostrar al común de los mortales, sino un don que hay que redescubrir en profundidad, recordando también las muchas veces que se traiciona este don. Don que aquilata su veracidad en el compromiso constante y gratuito a favor de los demás iconos de Cristo.

Juan muestra la plenitud de la conversión que ha de llegar por el bautismo que ha de llegar con «Espíritu Santo». Espíritu Santo, trae la plenitud de tus dones –sabiduría, ciencia consejo, fortaleza, piedad, temor de Dios-. Y además no lo hace de una manera provisional, sino estable y definitiva. Por eso llenos de él, podremos actuar con justicia a favor de los pobres, abriendo de este modo el mundo a la esperanza de un renovado paraíso, sin violencias, injusticias ni sobresaltos.

Pidamos al Espíritu que derrame sus dones del Espíritu sobre nosotros y el
mundo. El culmen de la profecía de Isaías será la efusión del don de ciencia
para el mundo; ciertamente el paraíso es realizable y ya se ha anticipado en la
tierra porque «el país está lleno de la ciencia del Señor» v. 9 y desde el
momento que la humanidad conoce a Dios íntimamente, cambia la faz de la
tierra.

Ven a mí y al mundo, Espíritu Santo, trae la plenitud de tus dones –sabiduría,
ciencia consejo, fortaleza, piedad, temor de Dios. Que tras escuchar la palabra dura y austera del Bautista, no nos quedemos tranquilos en una presunta justicia, sino que tengamos la fuerza de llevar a término el camino emprendido en la construcción de tu reino, el mundo nuevo de la justicia, la solidaridad, la verdad, el amor y la paz. (fuente: caritas-sevilla.org)

Anuncios