Pese a la pobreza, las guerras, la exclusión de tantos, el tiempo de adviento sigue despertando nuestra esperanza y nos llama a encarnarla en nuestra vida diaria.

Las cosas que Juan Bautista ha escuchado decir de Jesús han creado en él cierta perplejidad, pero también han hecho nacer una esperanza. Le envía a dos de sus discípulos para indagar si Jesús es el Mesías (el Cristo) o si es necesario esperar a otro.

La respuesta de Jesús se mueve al nivel de lo concreto y testimonial, los discípulos deben contar lo que han visto y oído. La pregunta sobre su identidad será respondida por sus obras; ellas corresponden a las anunciadas por Isaías.

Las obras a favor de los pobres y necesitados identifican a Jesús como el
Mesías. El Hijo del hombre que no tiene donde reposar su cabeza vive en esas
obras que expresan la irrupción del Reino de Dios en el tiempo presente. Reino destinado preferentemente a los pobres y a través de ellos a toda persona humana. Las curaciones de que habla nuestro texto de Mateo son anticipo y prenda de ese Reino. Los gestos de amor al prójimo alimentan la esperanza de la llegada final del Señor y la hacen cercana y palpitante.
El alivio del sufrimiento de unos cuantos pobres en el tiempo de Jesús es un
signo. Signo de la promesa firme de que la buena nueva del reinado de Dios es
anunciada a todos los pobres de la historia. Anuncio a través de palabras y
gestos liberadores.

El Evangelio es proclamado a los pobres por medio de acciones concretas: hacer ver, andar, oír, en una palabra dar vida. Jesús da el ejemplo en sus días para que entendamos que es mandato para todos sus seguidores a lo largo de la historia. Hoy también nuestros gestos de solidaridad ante el hambre y la pobreza de tantos en la humanidad deben comunicar que el Reino está entre nosotros.

Las curaciones de Jesús dan pleno sentido a la buena nueva a los pobres
prometida en Isaías y que ahora, ante los ojos de los discípulos de Juan, es
cumplida por la acción mesiánica de Jesús. Lo han visto y oído, pero no es fácil entenderlo, por eso el texto termina con una bienaventuranza: “Dichoso el que no se escandalice de mí” (v. 6). Juan Bautista no se escandalizará al recibir el testimonio de sus discípulos, por eso Jesús lo elogia (vv. 7-11).

Como él todos debemos ser mensajeros del Señor.

Padre bueno, al acercarnos a la celebración de la fiesta entrañable de la
Navidad te pedimos que acrecientes nuestra esperanza, para que nunca
desistamos del esfuerzo por crear un mundo en el que el amor sea posible.
Nosotros te lo pedimos por Jesús de Nazaret, hijo tuyo y hermano nuestro,
cuyo nacimiento nos aprestamos a celebrar. Amén. (fuente: caritas-sevilla.org)

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