El Sermón de la Montaña es una exigente síntesis de la predicación de Jesús.

Cristo representa una continuidad y una ruptura con la ley de Moisés. Su reacción es más bien contra las deformaciones que en ella han introducido
“los escribas y fariseos” (Mt. 5,20).

El Reino que Jesús anuncia supone la práctica de la justicia. Una justicia no legal y formal, sino honda y de razón. Siempre es más fácil seguir
una norma que comprometerse y compartir por amor.

El Señor señala algunas pautas, su esquema es el mismo: “han oído…yo les digo”, y en cada caso la exigencia es profundizada. La idea central está indicada en los versículos 23-24. La ofrenda ante el altar carece de valor si
despojamos u olvidamos al hermano. No se trata de escrúpulos personales, el asunto es objetivo: si un “hermano tuyo tiene algo contra ti” (v.23).

Esa es la referencia, el otro. No vemos hoy, sin embargo, a cristianos dar
media vuelta el domingo, en el momento de entrar al templo a participar en la Eucaristía… La reconciliación con el hermano implica respetar sus derechos y abrirle nuestro corazón a través de gestos concretos. Pero tampoco debemos quedarnos en eso, es necesario regresar a presentar la ofrenda (cf. v. 24). El círculo se cierra.

Oración y compromiso son inseparables. La Eucaristía exige la creación de la
fraternidad humana. Sólo así nuestro lenguaje será auténtico, sin medias tintas, un “sí, sí; no, no” (v. 37).

El libro del Eclesiástico nos plantea la opción con la misma nitidez: “delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja” (15,17). Esa es la alternativa. La idea está ya en Deuteronomio 30,15. La decisión está en manos del ser humano, el Señor lo creó libre (cf.15, 14).

Creer en Dios es elegir la vida, a ella apunta la práctica de la justicia que reclama el Sermón de la Montaña. Aquellos que se limitan a la observancia formal de los mandatos del Señor, traicionan su voluntad de vida. Viven, bajo apariencia religiosa, en la mentira. Y Dios no dejará “impunes a los mentirosos” (v. 20). La hipocresía farisaica es siempre un riesgo para el creyente.

La sabiduría, el don de Dios, y no el pretendido y calculado saber de los poderosos “de este mundo” (1Cor. 2, 6), nos permitirá hacer el discernimiento. Si nos confinamos en una religión de pautas formales y exteriores, si no unimos oración y práctica de la justicia, si no optamos por la vida, crucificamos nuevamente a Jesús (cf. 2, 8).

Dios nuestro, que en nuestra tradición judeocristiana nos diste antiguamente una ley revelada, escrita en tablas de piedra y refrendada con la amenaza del castigo tras la muerte.

Ayúdanos a pasar a descubrir un nuevo sentido moral, no basado en el temor
del castigo ni en la promesa de los premios, sino en el valor mismo de la Verdad, del Bien y sobre todo del Hermano en el que Tú te haces presente.

(fuente: Caritas Sevilla)

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