“Padre Santo, conságralos en la verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo” (Jn 17, 17-18). Estas palabras del Señor, recogidas en la antífona de comunión de la Eucaristía que estamos concluyendo, disponen mi ánimo para emprender la misión que acabo de recibir, al haber sido agregado en esta celebración litúrgica al Colegio Episcopal por la plenitud del Sacramento del Orden.

El Señor Jesús me ha elegido para ser sucesor de los Apóstoles. Una nueva llamada que percibo a la luz del diálogo del Resucitado con el Apóstol Pedro en la orilla del lago de Tiberíades (Jn 21, 15-19). “¿Me quieres?”, yo también le digo “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. Mi respuesta está envuelta en cierta tristeza por la conciencia de mi pobre seguimiento en los años vividos; y, sin embargo, llena de confianza y esperanza porque, como en aquella ocasión, a Jesús le basta mi pobre amor, y  me dice de nuevo: “Sígueme”.

Soy consciente de que recibo el ministerio episcopal en unos tiempos que no son fáciles para la Iglesia. Se extiende el horizonte de la superficialidad y de la indiferencia religiosa en la vida de muchas personas, crece la increencia y el secularismo, es frecuente la ridiculización de la Iglesia y hasta la persecución de los cristianos, que en bastantes países se juegan la vida por su fe.

La respuesta realista y esperanzada de la comunidad cristiana no puede ser otra que la evangelización, la cual constituye la razón de ser de la Iglesia y la tarea del obispo. El Papa Benedicto XVI lo acaba de proclamar entre nosotros el pasado 6 de noviembre en Santiago de Compostela. Allí dijo: “Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre, desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo”.
Fortalecido por la gracia del sacramente recibido, deseo responder al Señor en mi propia existencia y trabajar para sostener en vosotros y con vosotros, hermanos y hermanas, la respuesta de la fe ante los desafíos de la hora presente: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 68-69).

Contemplando el rostro de Cristo no anidará en nuestro corazón la agresividad, el despecho o el resentimiento; pues Él nos enseña siempre a amar a todos, también a los enemigos. Con caridad fraterna y con respeto a la libertad de cada persona debemos presentar, incansablemente, al que sabemos que es su mayor bien, a Cristo -Camino, Verdad y Vida-.

El Señor llama al Obispo personalmente, no para trabajar solo, sino para que forme parte del Colegio Episcopal, que sucede a los Doce. Y entre nosotros hay uno que nos preside, guía y confirma: el Santo Padre, Benedicto XVI, que ocupa el lugar del Apóstol Pedro. Señor Nuncio Apostólico de Su Santidad, haga llegar al Papa mi afecto filial y mi gratitud más sincera por la confianza que me ha manifestado llamándome a este ministerio; y mi propósito de trabajar, bajo la guía de nuestro Arzobispo, para que el Pueblo de Dios que camina en esta Iglesia particular de Sevilla siga amando, como lo hace, al Papa y aprecie su magisterio, siempre orientador y singularmente lúcido, gracias al cual todos podemos experimentar el gozo y la suerte de conocer a Jesucristo y de pertenecer a su Iglesia.

Gracias a Ud. Sr. Arzobispo, querido D. Juan José, por todo el cariño e interés que ha puesto en mi incorporación a la archidiócesis de Sevilla como su obispo auxiliar. Lo recibo como continuación de la confianza con la que me ha distinguido desde que me encontró en Córdoba y, sin duda, como prenda del afecto fraterno y la ayuda que me ofrecerá en el camino del servicio episcopal que hoy inicio.

Me dirijo con afecto a los señores Cardenales, Arzobispos y Obispos, que hoy nos honran con su presencia en esta celebración y expresan nuestra comunión afectiva y efectiva en el Colegio Episcopal. Os confieso que una de las experiencias más consoladoras desde que se hizo público mi nombramiento ha sido la acogida fraterna que vosotros, hermanos en el episcopado, me habéis dispensado; empezando por nuestro querido Cardenal Amigo, que después del Arzobispo fue el primero que me manifestó su satisfacción al saber que vendría a trabajar a esta Iglesia particular, objeto de sus desvelos pastorales durante tantos años.

Cuando valoro el conocimiento de Cristo como el tesoro mayor de mi vida, mi pensamiento se dirige, en primer lugar, a vosotros mis queridísimos padres (dispuestos a venirse conmigo a Sevilla), queridos hermanos, sobrinos, familiares y paisanos de Madridejos. Todos nosotros compartimos raíces que nos alimentan, y hay una superior a todas: la devoción al Santísimo Cristo del Prado, cuya cruz he querido representar en mi escudo episcopal. A través de su bendita imagen encontramos esperanza y consuelo en los días gozosos y amargos de nuestra vida personal y familiar. Gracias a todos por acompañarme con vuestro Arzobispo y sacerdotes, y también a tantos que se han alegrado cristianamente por tener entre sus paisanos un obispo y han rezado por mí.

En mi experiencia sacerdotal he podido verificar como “El sacerdote está al servicio de la comunidad, pero a su vez se encuentra sostenido por la comunidad. Existe una especie de ósmosis entre la fe del presbítero y la fe de los otros fieles”. Lo que soy, mi desarrollo pastoral y mi propia vida personal y espiritual, en gran medida vosotros lo habéis hecho. Vuestra compañía esta mañana me hace presente la historia y la vida que hemos compartido con tanta intensidad.
A la Iglesia de Córdoba le debo todo. Los obispos que he tenido (D. Javier Martínez, D. Juan José y D. Demetrio, también mi recuerdo hecho oración por el alma de D. José Antonio Infantes Florido, sevillano, que fue el obispo que me ordenó presbítero), las parroquias de Alcolea y del Barrio de los Ángeles, la parroquia de la Trinidad, el Seminario, CajaSur y la diócesis entera han marcado mi alma humana y sacerdotal. ¡Cuántos testimonios de confianza, de nobleza humana y de caridad cristiana, de fe, de amor a la Iglesia, de valores auténticos en hombres y mujeres de bien, de cristianos ejemplares! ¡Qué regalo! ¡Qué don tan grande sois para mí, amigos del alma! Que Dios os pague tanto como me habéis dado, porque a mí me resulta sencillamente imposible.

Y a vosotros, hermanos y hermanas de la Iglesia de Sevilla (Sr. Arzobispo, hermanos sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, contemplativas, seminaristas, movimientos y asociaciones, hermandades y cofradías, familias cristianas, fieles todos), sólo puedo deciros esto: aquí estoy para serviros con el ministerio episcopal recibido, bajo la guía de nuestro Arzobispo. Para vosotros es ya mi pensamiento, mis afectos, mi voluntad y mi tiempo, lo que soy y lo que tengo, todo es vuestro. Acogedme como a un hermano enviado por el Señor a vosotros. Con todo mi ser deseo unirme a los duros trabajos por el Evangelio que lleváis adelante; para ofrecer la esperanza que no defrauda y para servir a todos nuestros conciudadanos, con la preferencia de Cristo por los más pobres.

Saludo, también, con respeto a las autoridades civiles, militares, judiciales y universitarias de la Comunidad Autónoma de Andalucía, de la provincia y de la ciudad de Sevilla que tan amablemente han querido acompañarnos. Recordando las palabras de la primera carta de Pedro “Como personas libres (…) mostrad estima hacia todos” (1 Pe 2, 13-17), sé que el Obispo debe mantener personalmente y transmitir a los fieles un gran aprecio por las personas que sirven a la sociedad desde la función pública y orar por ellas, como lo hace habitualmente la Iglesia. También, debe alabar el esfuerzo y los auténticos logros sociales, y denunciar toda ofensa pública a la ley de Dios y a la dignidad humana. La permanente construcción de una sociedad cada día más libre, justa y fraterna necesita el esfuerzo de todos los ciudadanos. Uniré mis trabajos a los de la Iglesia de Sevilla para hacer realidad esta aspiración que todos compartimos.

En la senda de la imitación de Cristo, ¡qué programa más atractivo me presenta la Iglesia para esta nueva etapa de mi servicio episcopal! La Exhortación Pastores de la Grey, dirigida a los obispos, lo expresa así: “los Obispos son sucesores de los Apóstoles no sólo en la autoridad y en la potestad sagrada, sino también en la forma de vida apostólica” y esta forma de vida apostólica consiste en: “saber sufrir por anunciar y difundir el Evangelio, en cuidar con ternura y misericordia de los fieles a él confiados, en la defensa de los débiles y en la constante dedicación al Pueblo de Dios” (P.G. 43).

Seguid pidiendo conmigo al Señor para que por intercesión de los Santos Obispos de la Iglesia hispalense -San Leandro y San Isidoro y los beatos Marcelo Spínola y Manuel González-, con la ayuda de todos los Santos y Santas del cielo y, singularmente, por la asistencia maternal de la Santísima Virgen María, invocada en esta ciudad con el dulce nombre de Virgen de los Reyes y con tantas otras advocaciones tan arraigadas en el corazón mariano de la diócesis, yo sepa servir a esta familia de Dios, encarnando esa forma de vida apostólica a la que me he referido; y así camine con vosotros al encuentro de Nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina inmortal y glorioso por los siglos de los siglos. Amén.

+ Santiago Gómez Sierra
Obispo auxiliar de Sevilla

(fuente: archisevilla.org)

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