El banquete es utilizado en el Antiguo Testamento para anunciar los tiempos en los que el Mesías llegará junto a nosotros. También el Señor lo utiliza como imagen y figura del Reino de Dios.

 

Ciertamente, celebrar un banquete no significa mucho para el que puede satisfacer su hambre todos los días, pero tiene un cariz muy distinto para aquellos que pasan hambre diariamente, y dicho banquete puede ser la única ocasión para aliviar su sufrimiento.

La imagen del banquete es el signo de que Dios nos llama a saciar todos nuestros deseos a aquellas personas que tienen sed de Él y realiza esta llamada, dándonos el máximo de facilidades y contando con nuestras fortalezas y debilidades. Nos llama a todos y no se cansa de llamar.

 

Dios nos llama a todos, pero los que le conocemos, los que le tratamos, hemos de tener un cuidado especial, no vaya a ser que aunque pensemos que somos sus discípulos, las circunstancias de la vida nos aparten de estar en el Reino del compartir, la solidaridad y la alegría. La llamada a una vida en profundidad puede que se nos quede ofuscada, por el hedonismo superficial.

 

Todos los cristianos tenemos una tarea fundamental que es descubrir en cada momento, lo que realmente es bueno y separarlo de lo que es sólo aparentemente bueno.

 

No puede haber banquete, no puede haber alegría, si alguno de los invitados tiene motivos para llorar. Sólo cuando hayan desaparecido las lágrimas de todos los rostros, podremos sentarnos a celebrar la gran fiesta. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que la realidad de nuestro mundo nos muestra muchas lágrimas y sufrimiento causados por nuestro egoísmo.

 

Hay que ser cautos para no empeñarnos en el pequeño negocio de nuestra salvación individual, sin darnos cuenta que esa salvación personal que no incorpora la salvación del otro, no tiene nada de cristiana.

 

Dios es la mejor noticia, que me ama por encima de todas las cosas, que ama a todos sus hijos y nos invita a su mesa. Pero si ello no me lleva a invitar a mi propia mesa a los que pasan hambre, entonces es que no he aceptado, de verdad, su invitación. Una invitación no aceptada se volverá contra mí por desconsiderado.

 

Sigue siendo un peligro el proyectar la fiesta, la alegría, la felicidad para el más allá. Si la fiesta será en el más allá, pero si la hemos empezado desde el aquí y ahora de la realidad humana.

 

Nuestra obligación es hacer de la vida, aquí y ahora, una fiesta para todos. Si no es para todos, ¿quién puede alegrarse de verdad?

 

Vivamos con alegría, disfrutemos cada uno de los momentos que nos regala el Señor día a día y llevemos esta felicidad a aquel que se cruza, que se relaciona, que vive con nosotros.

 

Te pedimos, Señor, que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien.

 

Amén.

(fuente: caritas-sevilla.org)