Observar, no solo las respuestas, sino hablando de forma llana “las salidas” de Jesús ante cuestiones que le planean, es digno de nuestra atención.

En el caso del evangelio de este domingo, Jesús responde, lo que no le habían preguntado. Pero su respuesta es mucho más profunda que una simple dicotomía entre lo que es de Dios y lo que es del César, entre una opción entre lo humano y lo cristiano.

Jesús no intenta defender los intereses de Dios frente a los del César, sino defender al hombre de toda esclavitud. Jesús no está proponiendo una doble tarea para los humanos, sino la única tarea que le puede llevar a su plenitud: servir al hombre. Con esta repuesta Jesús deja muy claro que el César no es Dios, pero nosotros nos hemos apresurado a convertir a Dios en un César. Dios tampoco es un César.

Muchas veces, ante este texto pensamos en repartir dependencias, si bien le damos la ventaja para Dios. Dios no hace competencia a ningún poder terreno, sencillamente porque no tiene ningún poder. Esto, bien entendido, nos evitaría toda solución falsa del problema. No hay problema, porque no existe una alternativa entre César o Dios.

Pero, además, la lección que da Cristo es magistral; todo el que intente actuar con el poder de Dios, se está engañando. Jesús nunca defendió la religión sino a las personas, sobre todo a los que más defensa necesitan: marginados, explotados, etc.

Si nosotros como cristianos actuamos con instrumentos de poder, actuamos como un César. Ningún ejercicio del poder es evangélico. No hay nada más contrario al mensaje de Jesús que el poder. El único ejercicio de poder evangélico es el servicio humilde a los demás, mientras más últimos sean mejor.

Siempre que pretendemos defender los derechos de Dios, estamos defendiendo nuestros propios intereses. Todo el que te diga que está defendiendo a Dios, en realidad lo está suplantando.
Ningún ser humano es más que otro ni está por encima del otro. “No llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie jefe, no llaméis a nadie señor, porque todos vosotros sois hermanos”.

Ciertamente existe un orden, pero siempre de cara al servicio a los demás. El evangelio, no da pie a una “jerarquía” que significa literalmente: poder sagrado. La única autoridad que admite es el servicio. Jesús nunca mandó servir al superior o al que tiene el poder, sino a los más pequeños.
No existe una parte de la realidad que sea sagrada y otra que sea profana. En la expulsión de los vendedores del templo, Jesús está apostando por la no diferencia de lo sagrado y lo profano, para Dios todo es a la vez sagrado y profano.

Es descabellado hacer creer a la gente que tiene unas obligaciones para con Dios y otras para la sociedad civil. Dios se encuentra en todo lo terreno y, a la vez, más allá de todo lo terreno. Si no aprendemos a descubrirlo en la realidad cotidiana, es que no lo conocemos. Si tenemos que ir a la iglesia para poder encontrarlo, hemos caído en la idolatría. A la iglesia iremos, porque lo hemos encontrado en el mundo y estamos trabajando por convertir al mundo en la casa de Dios, la antesala del Reino.

Dios, al crear, no se desentiende ni se separa de la creación. La creación no es más que la manifestación de lo divino. No hay nada que sea de Dios, porque nada hay fuera de Él. El ser humano es el grado máximo conocido de la presencia de Dios en la creación. Somos imagen de Dios, pero no pintada o esculpida, sino reflejada. Para que Dios se refleje, tiene que estar ahí. No hay reflejo en un espejo si la cosa reflejada no está del otro lado.

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón. Amén.

(fuente: caritas-sevilla.org)