Fue un 12 de Agosto cuando dejamos atrás nuestra calurosa ciudad para introducirnos en un viaje en bus que nos llevaría hacia el comienzo de nuestra aventura, ese bus que tras muchas horitas de camino nos llevó a Madrid.
Cuatro días, hasta el 16, estuvimos en Cercedilla, en la sierra de Madrid, en una casa muy bonita y acogedora. Una casa de las Religiosas Filipenses, en la que desde el primer momento nos recibieron con una sonrisa. Cuando llegamos algo cansados y fatigados por el viaje nos esperaban en la puerta una comitiva de caras llenas de ilusión y alegría, nos esperaban niñas de Palencia y de Baeza, esas muchachitas que se metieron tan dentro de nuestro corazón en tan poco tiempo. Junto con ellas estaban Celia, Braulia, Mónica y Antoñita, cuatro religiosas filipenses.
Durante esos cuatro días estuvimos haciendo dinámicas tanto matutinas como por la tarde. Por las mañanas hacíamos dinámicas referentes al tema de las JMJ “arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”. Fueron dinámicas en las que participábamos en conjunto pero cada uno de nosotros debíamos individualmente encontrarnos: encontrar nuestro camino, averiguar el porqué estábamos allí y qué es lo que nos arraigaba a Cristo, en qué estábamos edificados, qué pilares hacían y hacen sustentar nuestra vida. También nos planteamos tanto en conjunto como individualmente nuestra firmeza en la fe, esa fe que muchos critican y que tuvimos que defender a capa y espada en Madrid ante aquellas personas que nos agredían tanto físicamente como espiritualmente, esa fe que nos hizo estar allí, que nos hizo seguir firmes en nuestras creencias aunque hubiese alguna que otra adversidad.
Por las tardes hacíamos dinámicas sobre la vida y lemas de San Felipe Neri. Nos sirvió para conocer algo más de su vida, de sus enseñanzas y de su inmenso amor. Lemas como “Ser y no parecer” que no dejaron indiferentes a ninguno de los que nos hallábamos en la sala.
No todo fueron momentos de oración, recogimiento y pensamiento, también hubo momentos de relajación, de senderismo, de diversión y de juegos. Las comidas tras su bendición eran un momento de encuentro de todos, en los que siempre con el respeto que le debemos de dar a los alimentos, nos divertíamos y nos reíamos.
El día 16 pusimos rumbo hacia la capital, allí en el Colegio Filipense nos esperaban nuevas caras venidas desde diferentes puntos de España, esta vez las sonrisas de comitiva venían de la mano de gente de Madrid, de Burgos, de Cartagena, de Córdoba, de Galicia. La familia se iba haciendo cada vez mayor. Visitamos Madrid un poco cultural e históricamente, estuvimos en sitios típicos de Madrid, visitamos la Almudena, el palacio real, la Cibeles… Fuimos a diversos actos organizados por la JMJ. El primer día que llegamos fuimos a la misa de bienvenida e inauguración. Estuvimos viéndola por las pantallas instaladas en la Puerta de Alcalá. Ese día hacia muchísima calor, nosotros los sevillanos, incluso por un instante no echamos de menos nuestra tierra porque parecía que estábamos aquí. Fuimos también en los días sucesivos a la fiesta del perdón que se organizó en el parque del Retiro, a una vigilia de la luz, al vía-crucis con el Papa y las hermandades.
En el colegio filipense también hacíamos dinámicas, esta vez, centradas en la JMJ. El día 17 tuvimos en el colegio un encuentro internacional filipense. Participó mucha gente de otros países, de Canadá, de Oxford, de Venezuela, de Colombia… Estuvimos hablando con ellos, en un inglés chapucero pero algo entendible, y compartiendo experiencias.

Otra experiencia muy bonita fue la vigilia de Cuatro Vientos, en la que pasamos esa noche durmiendo en el suelo, bajo un cielo llenito de estrellas, lleno de frío y empapados y calados hasta los huesos. Y es que, cosas del Señor, todos los días en Madrid nos había hecho buen tiempo y el sábado por la noche cuando llegó el Papa y estábamos todos esperando a escuchar su saludo de bienvenida comenzó a llover muchísimo, cayó una gran tormenta, incluso granizo, pero aun así no amainaron nuestras ganas por recibir a su santidad ni nuestras fuerzas ni la fe que tenemos.
Esa noche la pasamos entre fríos y con poco espacio entre nuestros sacos de dormir para que el calor humano se hiciese más latente.
La mañana del domingo, nos despertó el sol de cara y una voz por el megáfono informándonos que en breves instantes llegaría el Papa para celebrar la eucaristía del domingo, fue emocionante y a la vez casi irreal la de gente que habíamos allí todos congregados con los mismos sentimientos y con la misma fe y ganas de escuchar las palabras del santo padre.
Repetiría la experiencia una y mil veces porque desde ese momento cada vez estoy más segura de la fe que tengo y de los pilares que sustentan mi fe y es que este movimiento de la JMJ que promovió Juan Pablo II, sirve para que el mundo entero se dé cuenta que la fe está viva y que el relevo lo llevamos los jóvenes y que a pesar de que haya muchos detractores, la iglesia sigue su curso y los jóvenes llevamos el testigo con firmeza y conciencia.

Montse Zapata.

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