Jesús sintió la necesidad de llevar una palabra de esperanza en el nacimiento de un nuevo mundo.

Él comienza a llevar por las calles y ciudades el anuncio del evangelio: «Se ha cumplido el tiempo, el reino de Dios está cerca; convertíos y creer en la buena noticia.»

Se ha terminado el tiempo de los violentos y los usurpadores, de los arrogantes y arribistas, ha terminado el tiempo de los hombres que se abandonan y son abandonados, que no aman y no son amados. Ha terminado el tiempo de la esclavitud.

Ha comenzado el tiempo de la libertas del reino de Dios: un reino de paz, de solidaridad, de amistad, de perdón, de renovación de los corazones y de la vida. Es un tiempo que a nosotros nos da también la oportunidad de acoger el evangelio. Es preciso tomar una decisión en nuestras vidas y en nuestra sociedad.

Jesús nos invita a cambiar a tomar una decisión trascendental para nuestra vida y para la humanidad; él nos invita a no perder el corazón y la vid buscando vidas, sino trabajando por los hombres con amor, ayudándolos a salir del mar confuso donde están, de la soledad que da miedo, entregando la amistad, haciendo que se sientas amados.

«El Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed la Buena Noticia», es el proyecto de Jesús, es su objetivo. Este ha de ser el sentido, la fuerza, el motor, el objetivo, la razón y el sentido último de cada uno de nosotros.

Jesús nos busca para que colaboremos en su proyecto; también nosotros hemos de ser misioneros e invitar a otros a participar en el proyecto de Jesús. El Reino de Dios implica conversión; hay que revisar aquellos que bloquea nuestra vida. Tenemos que liberarnos, eliminando nuestros miedos, egoísmos, tensiones y esclavitudes que nos impiden crecer de manera sana y armoniosa. Y es que podemos detectar la conversión, si ella nos produce paz y alegría.

Convertirnos es sentir que vivimos confiados en el amor que Dios nos tiene, convertidos porque nos hemos enamorado de él, porque hemos acogido el reino de Dios y su justicia. En proceso de conversión sentimos que otro modo de vivir es posible, más saludable, más alegre.

Para entrar en proceso de conversión es preciso que nos detengamos, que entremos en nosotros mismos para preguntarnos ¿quién soy yo? ¿qué estoy haciendo con mi vida? ¿es esto lo que quiero vivir?

Tenemos que vivir con sinceridad, sin engañarnos. La conversión nos exigirá introducir cambios concretos en nuestra manera de actuar, pero sobre todo cambiar el corazón, adoptar una postura nueva ante la vida, tomar una dirección coherente para la vida, colaborar en el proyecto de Dios.

Conversión es abrirnos definitivamente a Dios, volcándonos a colaborar en la implantación de su reino, orientándonos a trabajar con y por los hermanos. Dios me entiende, me espera, me perdona, me quiere ver vivir de manera plena, con alegría y con plenitud. La conversión nos hará sentir nuestra condición de hijos de Dios.

Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Amén. (fuente)

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