Jesús llega a Cafarnaúm y enseguida se dirige a la sinagoga y se pone a predicar. La Palabra de Dios es tan necesaria para los hombres, que no se puede perder ni un solo instante para anunciarla.

Y el anuncio de Jesús se nota de una manera diferente, no resuena como algo sabido o aprendido, sino como vivencia que llega al corazón de la persona, porque son palabras con “autoridad”. Son palabras decisivas y comprometedoras de la existencia, ante las que no se puede permanecer indiferentes; las palabras de Jesús implican una toma de postura en nuestro existir.

Nosotros también vivimos en una crisis de valores y comportamientos. Nada es estable, nadie nos da seguridad, incluso dentro de nosotros mismos conviven convicciones diferentes que nos hacen tener una vida de “locos”. Presumimos de saber lo que tenemos que hacer, de hacer lo que nosotros creemos, que la mayoría de las veces es lo que nos da la gana en cada momento, y nos justificamos diciendo que “cada uno puede hacer lo que quiera, mientras no moleste a los demás”.

Pero sabemos que haciendo nuestro propio capricho, ya estamos haciendo mal a los demás, los cuales, en la mayoría de los casos, poco importan. Sentimos la cultura del yo, que es ser cada uno su propio doctor de la ley, su propio escriba, su propio predicador. No hay maestros, ni queremos tenerlos, porque tememos que nos abran los ojos ante los verdaderos valores humanos.

Si nos miramos y miramos con sencillez, veremos la cantidad de “espíritus inmundos” que existen a nuestro alrededor, o que somos nosotros mismos. Lo denotamos rápidamente, porque no soportan someter el corazón, ni ser molestados en sus dominios. Por eso Cristo molesta, porque Él quiere perturbar su poder incondicional en nuestros corazones.

Todo esto lo descubrimos fácilmente, cuando vemos tantos que en principio, no se oponen a la obra y palabras de Jesús, pero critican radicalmente que intervenga en su vida personal. Esto nos ocurre siempre que impedimos de mil maneras que el Evangelio cambie nuestro corazón o hable con autoridad sobre nuestros comportamientos.

Jesús ha venido a salvarnos de toda esclavitud. Ante la cantidad de espíritus inmundos que hoy nos atenazan y atenazan al hombre, es preciso que resuene con fuerza la voz del Salvador que grita «¡Cállate!, sal de él».

Como discípulos tenemos el desafío de proponer a cada persona y a la sociedad la autoridad del Evangelio. Hay que gritar para que desaparezca la cultura de insolidaridad y de muerte y aparezca la cultura de la misericordia.

El mundo necesita el mensaje del Evangelio, hombres y mujeres que enseñen a abrir los ojos ante la belleza y el amor, a maravillarse ante el don de la vida y la naturaleza, a interrogarse de donde viene tanto amor.

A imitación del Maestro, seamos maestros que con nuestro testimonio personal sembremos inquietudes, contagiemos vida y ayudemos a crear un mundo de justicia, de amor, de paz, de solidaridad, de misericordia. Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Amén. (fuente)

Anuncios