Las lecturas de hoy ponen frente a la desesperanza que Job experimenta, la esperanza que Jesucristo nos trae. La vida humana es dura, con días cargados de fatigas y con noches oscuras llenas de desesperanzas. Leyendo a Job, podemos vernos muchos de nosotros identificados con él.

Nuestro mundo a menudo está marcado por la monotonía, la banalidad o la ausencia de sentido, en
el que los días corren faltos de esperanza. Otras veces es la tragedia, la dureza de la vida, la que marca nuestra existencia. Si esta mirada la extendemos hacia fuera, vemos la violencia, la injusticia a que es sometida buena parte de los seres humanos.

Job ha perdido la confianza en Dios, su vida ha perdido sentido. Él, un hombre religioso, “cumplidor”, se ve lanzado violentamente a la intemperie. ¿Cuántos viven hoy día esta misma situación?, personas que se sienten abandonadas, que no esperan nada de la vida, que viven como autómatas a la espera de un final sin luz. ¿Hemos perdido la confianza en Dios?

Solo la cercanía del misterio ayuda a Job a buscar el camino de salida “ahora te han visto mis ojos” (Job. 42,5). Solo en el encuentro Dios-hombre es capaz Job de dejar entrar la luz a través de la maraña mental que lo torturaba.

¿Dejamos entrar la luz de Cristo en nuestras vidas? “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1,4), “ vino a su casa y los suyos no la recibieron” (Jn 1,11) La luz es Cristo, él es nuestra esperanza, él es el que da sentido a nuestra existencia, él es nuestra vida. La “jornada de Cafarnaúm” que hoy se nos anuncia en el evangelio, pone fuerza, energía y sentido a la vida. Jesucristo es el que nos toma de la mano y nos levanta.

Jesús entra en casa de Simón y Andrés, y sin mediar palabra alguna, toma la mano de la suegra de Simón, enferma de fiebre y la levanta. La respuesta de la mujer: “se puso a servirles”. Este no es un simple gesto de agradecimiento o cortesía, sino de “diaconía”, de servicio al hermano.

Es un relato simple pero que contiene toda la fuerza victoriosa de Jesús contra el mal. Jesús ha venido a luchar contra el mal, contra todo tipo de mal: físico, psíquico, espiritual. Jesús es la esperanza y la luz de aquellos que viven en las tinieblas. “Al anochecer, cuando se puso el sol” (Mt.1,32), ya no había más luz en el mundo, y en la puerta de la casa donde estaba Jesús, se agolpan la gente. Todos buscaban la luz que nunca se apaga, la luz que trasforma la muerte en vida, la luz que vence al pecado, la luz que es motivo de esperanza para toda la humanidad. Jesús los atiende a todos, les abre la puerta a todos.

¿Cuántos en nuestros días van buscando una puerta donde llamar? ¿Cómo no pensar en las puertas de nuestras comunidades eclesiales, a las que frecuentemente tantos desesperados llegan? ¿Saben esas puertas abrirse para consolar y curar?

El evangelio dice que cuando Jesús termino de curar “a muchos”, se apartó a orar. Ese es el momento culmen del día, fuente de todos sus días, de todo lo que hacía. Ese dialogo con el Padre es lo que le da la fuerza para la misión que ha de realizar. La oración, el dialogo sincero y apasionado con nuestro Padre, es el motor que nos impulsa para la misión que Cristo, tras su marcha, puso en nuestras manos. La vida de servicio necesita la oración como alimento indispensable, la oración te da la fuerza necesaria para llevar esperanza a aquel que la ha perdido.

“Vamos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido” (Mt 1,38). Jesús no se detiene ante una sola casa, un solo grupo, una sola nación. Él quiere visitar todas las casas, la de todos aquellos que han perdido la esperanza y necesitan su luz y su palabra para comenzar a vivir una vida nueva. Recordemos, los cristianos somos gente de esperanza.

Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya
que solo en ti ha puesto su esperanza. Amén. (fuente: caritas-sevilla.org)