El leproso, como tantos desheredados de la sociedad, sentía agudizada su enfermedad por la exclusión de la convivencia normal, a la que se sentía sometido. Llegaban a considerarlos como
muertos en vida, no contaban para nada, solo para excluirlos. Era ante todo un impuro, un ser que no tenía sitio en la sociedad, ni podía ser acogido en ninguna parte, por lo que estaba excluido de por vida. Ante Jesús, el leproso se acerca, porque sabe que en el mundo en el que vive, solo a Él se puede llegar.

¡Cuántas personas hay hoy “enfermos de lepra”, cerca y lejos de nosotros! Cuántos enfermos,
pobres, a cuántas personas excluimos de la sociedad y de nuestra vida, por miedo a contagiarnos, por miedo a que la pobreza nos incomode, o simplemente porque sentimos tanta pena, que nos entristecemos al verlos y es mejor por tanto no cruzarnos con ellos.

Jesús crea un clima de cercanía y cariño, una atmósfera llena de compasión y misericordia que invita a las personas a acercarse a él. Jesús no acepta una sociedad que excluye a las personas por las razones que sean, no admite el rechazo social a los indeseables. Jesús se pone a su lado, los toca, habla con ellos, para liberarlos de miedos, de prejuicios y tabúes.

Ingenuamente pensamos que si cada uno se preocupa de asegurar su pequeña parcela de felicidad, la humanidad seguirá caminando hacia su bienestar, y no nos damos cuenta de que estamos creando marginación, aislamiento y soledad.

Tenemos que presentar, que transparentar a este Jesús. Nosotros y el mundo en que vivimos estas necesitados de encontrar y escuchar, de tocar y sentir la salvación que Dios nos trae. Jesús nos muestra su respuesta ante el mal, ante la enfermedad, ante la pobreza «Quiero; queda limpio». La voluntad de Dios es clarísima; el mensaje del Salvador es meridiano; hay que luchar contra todo tipo de mal. Es el trabajo que nos encomienda por el Reino, la instauración de la misericordia.

Estamos acostumbrados a achacar el pecado de los hombres, su enfermedad o la pobreza que sufre a las situaciones de pecado que hayan vivido. Esto no es acorde con el Evangelio. Ante el mal, nuestra respuesta ha de ser siempre la lucha valiente para atajarlo y las causas que lo han provocado.

Jesús no busca, con la curación del leproso anunciar su gloria o reforzar su fama, por eso llama indica al leproso que se mantenga en silencio; es el secreto de una amistad que se instaura entre el Señor y aquél a quien Jesucristo quiere confiarse. Lo que vale es el amor que se ha entablado en esa relación. Pero tocado por ese amor, el hombre no se puede callar, sino que se lanza a proclamar a los cuatro vientos el don de conocer a Jesús. Aquel leproso no obedeció y divulgó tanto aquel episodio que Jesús ya no podía entrar en las ciudades a causa del gran número de personas que le buscaban.

Ante la necesidad que el mundo tiene de Dios, los cristianos, curados por la mano misericordiosa del Señor deberíamos lanzarnos a proclamar a todos la gran alegría que nos trae Jesús.
Necesitamos a una persona como Jesús, que en este mundo camine junto a nosotros
como él lo sabía hacer. Con Jesús y en Jesús encontramos y llevamos felicidad, porque en Él y con Él nos sentimos acogidos y aceptados, acogiendo y aceptando a los demás.

Señor, tú que te complaces en habitar en los rectos y sencillos de corazón, concédenos vivir por tu gracia de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros.
Amén. (fuente: caritas-sevilla.org)

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