Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: “Impulsado por el Espíritu” al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían (cf. Mc 1, 12-13).

Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él “hasta el tiempo determinado” (Lc 4, 13).

Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto (cf. Sal 95, 10), Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina.

En esto Jesús es vencedor del diablo; él ha “atado al hombre fuerte” para despojarle de lo que se había apropiado (Mc 3, 27). La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.

La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres (cf Mt 16, 21-23) le quieren atribuir. Es por eso por lo que Cristo venció al Tentador a favor nuestro: “Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado” (Hb 4, 15).

La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto. La actuación de Jesús en el desierto y su sometimiento a las tentaciones es normativa para sus seguidores al tiempo que nos invitan a hacer una opción constante y radical por Dios y por su imagen que es el ser humano. Bien sabemos que la mayor tentación es estar instalado en el pecado levantando altares a los ídolos de nuestro propio yo, pero las tentaciones de Jesús son nuestras permanentes tentaciones que con leves matices se pueden resumir en tener, poder, subir.

Las opciones de Jesús ante la tentación nos presentan a un Dios que da sentido a las dificultades de la vida pero que no sirve para resolver todos los problemas ni resolver todos los enigmas; que es soberanamente libre ante el hombre, que no se somete a pruebas humanas, ni a sus medios de poder, tampoco a derechos o títulos; que es trascendente, es decir, incontrolable desde nuestro mundo por técnicas humanas e inefable para la inteligencia humana siendo toda imagen de Dios, incluso conceptual, insuficiente, parcial e inadecuada; que es pura gracia, don gratuito; presente en la vida.

Dios de lo ordinario y no sólo de lo extraordinario; que es un Dios escondido, que no quiere salir del anonimato por medios extraordinarios, como el milagro o el poder sino que mantiene el ocultamiento de su inmanencia bajo las apariencias naturales.

Al mismo tiempo Jesús nos enseña en su lucha y victoria ante las tentaciones que el hombre sólo se salva cuando acepta ser el destinatario de ese Dios escondido que se revela en la historia. Por eso el hombre debe estar siempre en la presencia de Dios pero sin contar exclusivamente con él para la solución directa de sus problemas intramundanos; no debe ser presuntuoso delante de Dios; debe realizarse como hombre y como hijo de Dios en su condición de criatura y en la sumisión a los condicionamientos naturales; debe, en fin, afrontar sus responsabilidades históricas con creatividad.

En consecuencia, la opción de Jesús en sus tentaciones es la afirmación de la suprema dignidad de Dios y de la más alta dignidad del hombre: dignidad de Dios porque se acepta que es el Totalmente-Otro y, al mismo tiempo, su presencia universalmente presente y actuante en el mundo; dignidad del hombre, por cuanto no se concibe una intervención de Dios en nuestro mundo que elimine el riesgo de la libre responsabilidad humana.

Al celebrar un año más la santa Cuaresma, concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud. Amén. (fuente: caritas-sevilla.org)