Nos encontramos en el segundo domingo de cuaresma y la liturgia del día nos invita a vivir con Abrahán y Jesús sus experiencias de obediencia y fe en Dios.

Abraham es modelo de fe para nosotros, pues “esperando contra toda esperanza creyó” (Rom 4,18). El lleva hasta el extremo su obediencia a Dios.

Le pide que sacrifique a Isaac, su único hijo, el hijo de la promesa. Dios le prometió una nueva tierra y una gran descendencia.

¿Cómo sacrificar a su hijo? ¿Cómo se cumplirá entonces la promesa de una gran descendencia? Abraham no tiene respuestas, solo obedece subiendo al monte para sacrificar a su hijo. “Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor” (Sal 115).

El primogénito de Dios, el Hijo de la promesa también será llevado a un monte para matarlo. Esta vez ningún ángel detendrá el sacrificio, pues la entrega del Hijo no llevará a la muerte sino a la vida. Este es el sentido que Jesús quiere mostrar a sus discípulos en la Transfiguración, que la muerte lleva a la vida.

Tras el anuncio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, y ante la incomprensión de los discípulos, Jesús se lleva a Pedro, Santiago y Juan para que pierdan el miedo a la muerte. Se transfigurará ante ellos para que vean que el destino del Hijo del hombre no conduce al fracaso sino a la gloria, que la vida que se entrega por los demás desemboca en la gloria.

Los discípulos siguen sin entender nada “Maestro, ¡qué bien se está aquí!” (Mc 9,6). Quieren poner tres tiendas, una para Moisés, otra para Elías, representantes de la ley y los profetas (la Antigua Alianza), y en otra a Jesucristo. Ponen a los tres al mismo nivel, sin darse cuenta que Jesucristo es el centro de la historia de la salvación. Con su muerte y resurrección se sella la última y definitiva Alianza de Dios con la humanidad. Pero antes tiene que pasar por el fracaso y la muerte, esta no se la puede ahorrar como los discípulos pretendían.

La reacción de Dios es cubrirlos con una nube y hacerles entender que al único que tienen que escuchar es a Jesús. No oír, que es una actitud pasiva, sino escuchar, como actitud abierta al mensaje. Tras la nube esta solo Jesús, al único al que hay que mirar y seguir.

Cuando bajan del monte Jesús le dice a los discípulos que no cuenten nada, pues esa experiencia de resurrección que han tenido no tiene sentido sin una vida de entrega y servicio. Hasta que no se pasa por la muerte no se entiende el significado de la resurrección. Los discípulos no lo comprendieron, seguían sin dar el paso, la muerte no entra dentro de sus cálculos, siguen pegados a la tradición y no abandonan la idea de un Mesías terreno, de una gloria terrena.

Este pasaje supone una nueva ocasión para entender a Jesús, para comprender su misión y su destino, pero los discípulos no se han enterado de nada, no han escuchado la voz del Padre.

¿Escuchamos nosotros la voz de Dios? ¿Sabemos lo que quiere de nosotros? “Maestro, ¡qué bien se está aquí!”. No podemos pasar por la vida como si nada, cómodo en nuestras comunidades y esconder la cabeza como el avestruz ante la falta de justicia, insolidaridad, pobreza, marginación, entretenidos en nuestra casa sin escuchar las voces que gritan fuera de dolor. No podemos ahorrarnos el sacrificio, la vida entregada al servicio del hermano, no podemos seguir a Cristo sin imitar a Cristo: “si morimos con Él, viviremos también con Él, si nos mantenemos firmes, también reinaremos con Él” (2Tim 2,11-12). Esta es la gloria que nos espera y que Jesucristo quiso hacer entender a los discípulos.

Estamos en Cuaresma, tiempo de subida al monte, tiempo de oración, ayuno, limosna…, pero hay algo que no nos puede faltar y que da sentido a toda nuestra vida cristiana y es la fe. Sin fe ningún sacrificio tiene sentido, sin fe la cruz no tiene sentido.

La fe de Abraham es la que da sentido a su sacrificio, la misma fe que María experimento al pie de la cruz. La clara oscuridad de la fe que a veces llega a desesperar pero que toma sentido en la transfiguración del Señor, en la gloria de nuestro Dios manifestada en la Resurrección, y experimentada por María al pie de la cruz.

El Señor quiere prepararnos, quiere revelarnos su gloria. Él nos enseña cual es el camino, solo tenemos que escucharle. La subida al monte es inevitable, si queremos vivir en Él no podemos ahorrarnos la caminata.

Señor, Padre santo, Tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro. Amén. (fuente: caritas-sevilla.org)

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