A Juan le llamamos el “precursor” el que va delante, el que va diciendo: “Ahí viene, ya viene detrás”. Este era su papel, esta era su vocación.

Cada hombre y cada mujer son una vocación y Juan Bautista trajo ya su vocación bien clara de anunciar la presencia de Cristo.

La vocación de Juan fue tan elocuente, era tan  eficaz que, anunciando él a Cristo, muchos lo
confundieron con Cristo. ¡Qué honor más intenso de un predicador! ¿Será éste el Cristo que ha de venir?. Y Juan Bautista tenía, en su humildad, que desengañar a la gente: “Yo no soy él que decís, yo no soy Cristo, ni siquiera soy un profeta, yo no soy más que una voz, una voz que va gritando: Ya viene, ¡prepadle los caminos!”. Esto es lo grande de Juan.

Por eso, cuando un día Cristo hablaba de Juan, dijo esta frase inolvidable: “Entre los nacidos de mujer, ninguno hay más grande que Juan Bautista; sin embargo -añadió-, en el Reino de los Cielos el más grande de los hombres es el más pequeño”. Así nos está dibujando la misión de Juan en la
historia.

Él es como esos eslabones que unen dos pedazos de cadena: hacia un lado el Viejo Testamento con sus patriarcas, sus profetas, con sus promesas; hacia el otro lado, Cristo, que ya viene en cumplimiento de esas promesas, de esas profecías, para seguirse anunciando al mundo.

En otras palabras, lo que nos ha dicho la primera lectura, anunciando precisamente el papel de ese precursor, le dice el Señor al Siervo de Yahvé: “Es poca cosa que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel. Te voy a hacer luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

Juan Bautista abarca toda la riqueza de las viejas promesas, para decirle al pueblo: “Seamos dignos de esas promesas que tenemos”. Y se alza hacia el futuro en horizontes universales, para decir las promesas del Viejo Testamento hechas ya vida en Cristo: “Hay que anunciarlas para todos”. Lo que hemos estado diciendo de la Vieja Alianza y de la Nueva Alianza, Juan está en el centro, muy cerca de Cristo. “No era él la Luz, pero sí da testimonio de la Luz”. Yo no soy Cristo, pero soy la voz que anuncia a Cristo.

Este es Juan Bautista: “No sólo me vas a llamar al pueblo de las promesas a que haga penitencia y se disponga este tiempo en que va a venir la promesa de Dios, a nacer el Redentor, sino predica penitencia para que ese pueblo privilegiado no sea ciego en el momento en que llega la gran promesa. Pero eso es poco todavía para ti; anúnciame, anuncia al Redentor para que esa redención llegue hasta el confín del mundo”.

Por eso en este día celebramos a Juan Bautista, aunque sea un hombre, hijo de un matrimonio estéril; sin embargo, el más grande de los nacidos de mujer, porque Dios le ha dado una hermosa vocación y él la ha sabido cumplir.

Cada persona es una vocación, todos tenemos nuestra vocación, y grande de verdad. Tenemos una misión profética en el mundo por el Bautismo. Dice el Concilio Vaticano II: “Cristo, el Eterno Profeta, sigue anunciando el Reino de Dios en la tierra, no sólo valiéndose de la jerarquía, sacerdotes y obispos que tienen la obligación de predicar, no sólo de ellos, sino también de los laicos que por su bautismo han recibido la gracia de la fe y la gracia de la palabra”. Los cristianos podemos hablar y dar testimonio con una vida santa, con una vida comprometida sirviendo a Cristo en los hermanos más necesitados.

Juan clamó contra las injusticias y los atropellos del mundo, contra los que seguían una religión falta de compromiso. Juan lucha contra el pecado del hombre y contra el pecado colectivo de la sociedad. Denunciaba el pecado como: “Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira
que llega?. Haced dignos frutos de penitencia y no andéis diciendo: tenemos por padre a Abraham. Porque yo os digo que puede Dios suscitar de estas piedras hijos de Abraham. Ya el hacha está puesta a la raíz del árbol, todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego”. Y cuando le preguntaban: ¿Qué hemos de hacer?, respondía, -fíjense la resolución del Bautista a unos problemas que podían ser los de hoy- “El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; el que tiene alimentos, haga lo mismo”.

Vinieron también publicanos a bautizarse -los publicanos eran los que cobraban cuentas, los impuestos; hacían muchas trampas- y les respondía: “No exijáis nada fuera de lo que está tasado”. Sería lo mismo que respondiera hoy a muchos organismos, a muchas instituciones donde se hacen proyectos por millones y sólo sirven para unos cuantos. Lo mismo diría a los que falsifican cuentas, documentos, etc. Hay tanta trampa en nuestra historia, pero aquí está la denuncia en la misma
palabra de Juan.

Esta es la figura de Juan: ya Cristo está con el bieldo, el instrumento para aventar la cosecha, entonces quedará sólo el trigo pesado, sólo aquellos que han hecho justicia y buenas obras, solo los que han invertido en amor y caridad, todo lo demás es basura que se la llevará el viento para ser quemada.

Dios todopoderoso, que suscitaste a san Juan Bautista, para que le preparara a Cristo un pueblo bien dispuesto, concede a tu pueblo el don de la alegría espiritual y guíanos por el camino de la salvación y de la paz. Amén.

(fuente: caritas-sevilla.org)