Nació en 1232. Al parecer, era el hijo de uno de aquellos jefes militares que, en el primer cuarto del siglo trece, lograron recuperar la isla de Mallorca de manos de sus conquistadores y expulsar de ella a los moros. Raimundo era rico, bien educado, con mucho talento y un gran entusiasmo para realizar sus sueños o sus fantástico proyectos. Se casó muy joven, pero ni el abnegado amor de su esposa, ni el de sus dos hijos pequeños, una niña y un niño, le apartaron de sus descarada persecuciones a cualquier cara bonita que se atravesara en su camino. Una noche del año 1263, cuando Raimundo tenía treinta años, se ocupaba en escribir una apasionada misiva a su última conquista, cuando he aquí que repentinamente vio ante sus ojos la figura de Cristo crucificado. La visión fue momentánea pero nítida, y dejó tan profundamente impresionado al joven, que ya no pudo continuar la escritura ni pensar en su amada; se refugió en el lecho y sólo el sueño alivió su intranquilidad. Cinco veces se repitió aquella aparición en los momentos y circunstancias más inesperados y, entonces, el corazón de Raimundo se sintió tocado. En un hombre como aquél la conversión tenía que ser total y apasionada. Meditó en el sentido de aquella frase que dice: «no hay amor más grande que el de aquél que da su vida por lo que ama» y, en seguida, sus pensamientos volaron hacia los moros, con los que había convivido siempre, con la idea de conquistarlos para el servicio de Jesucristo. Ahí estaba una causa por la que valía la pena sacrificarlo todo, hasta la vida.

Sin tardanza, partió Raimundo en peregrinación a Santiago de Compostela y a Rocamandour para implorar la gracia y la dirección divinas. Pero a fin de llegar a la renuncia total, se necesitaba una preparación sistemática. Ante todo, tomó las medidas necesarias para que nada les faltara a los que de él dependían y luego hizo la distribución del resto de su riqueza entre los pobres. Después de un período de reclusión y de plegaria, se propuso adquirir los conocimientos indispensables para la cruzada intelectual que pretendía emprender contra la filosofía y la religión musulmanas de Averroes y el Corán. Dedicó nueve años a la cabal adquisición del idioma y los conocimientos. Desde un principio, había visto la necesidad de establecer centros religiosos católicos para la formación de misioneros y aspirantes a participar en su campaña. Raimundo estaba convencido de que no había otra manera mejor de combatir una cultura extraña sobre la cual no sabía nada ningún teólogo europeo medianamente ilustrado. Pero, aunque poco después, en 1276, gracias a la ayuda de su amigo el rey Jaime II, se hizo en Mallorca una fundación de esta naturaleza (el primer colegio misionero), confiada a los Frailes Menores, las esperanzas de éste no se realizaron.

 

Entre tanto, Raimundo proseguía sus estudios y escribía una obra tras otra. Una de ellas es una especie de novela espiritual y se titula “Blancuerna”. En 1277, visitó Roma con la esperanza de conquistarse las simpatías del Papa para su proyecto. Diez años más tarde, estuvo en París y de ahí pasó a Génova, ya con miras a descubrir la oportunidad que le llevase al África para comenzar a predicar en Túnez. Sus angustias, sus dudas y sus resoluciones de aquellos momentos, están maravillosamente descritas en la «Biografía Contemporánea». Fue en Génova donde fracasó su intento para ingresar en la Orden de Predicadores y donde se ofreció a los franciscanos que le aceptaron como terciario. En 1292, se hallaba muy enfermo, pero sanó milagrosamente cuando le transportaban hacia un barco destinado al África. Realizó su sueño de predicar el Evangelio en las calles de Túnez, pero fue por poco tiempo, ya que fue detenido, encarcelado, maltratado y, a fin de cuentas, deportado a Nápoles. Desde ahí lanzó patéticos llamados al Papa Bonifacio VIII, en Roma, y a Clemente V, en Aviñón, a fin de obtener apoyo para su campaña, pero no obtuvo colaboración alguna. Se dirigió apresuradamente a Chipre, en la creencia de que el «Khan» Tártaro dominaba a los sarracenos de Siria y Palestina. Tenía la esperanza de aprovechar aquella oportunidad para su propósito, pero ninguno de los sucesos que preveía llegó a realizarse y sufrió una nueva desilusión.

Durante algún tiempo dio conferencias en París y después hizo un nuevo intento para predicar entre los moros y se embarcó hacia la ciudad de Bougie, en las costas de Argelia. Pero una vez más, después de muchas penurias, malos tratos y un cruel encarcelamiento, fue deportado y todavía naufragó el barco en que iba, frente a las costas de Italia. Sus nuevas apelaciones a la Santa Sede y al Concilio de Viena, en 1311, obtuvieron respuestas desalentadoras. Por segunda vez, se dedicó a dar conferencias en París y, con el tiempo, se las arregló para emprender un tercer viaje al África. En Bougie fue apedreado hasta que sus verdugos le creyeron muerto y le dejaron. Unos marineros genoveses le rescataron aún con vida, pero a bordo del barco que navegaba frente a las costas de Mallorca el 29 de junio de 1316, murió a consecuencia de las heridas.

No obstante que toda la existencia de Raimundo fue una serie no interrumpida de fracasos y desilusiones, su actividad literaria es increíblemente abundante. Se le atribuyen más de trescientos trece tratados diferentes, escritos la mayoría en latín o en catalán, aunque no son pocos los que fueron escritos en árabe. Algunas de sus obras han merecido una nota de censura teológica, aunque también, en algunos casos, es muy difícil determinar cuáles son sus composiciones auténticas. Casi todos sus escritos dan pruebas de una piedad tierna y sincera, pero a veces habla con bastante libertad sobre ciertos abusos que prevalecían en la Iglesia de aquel entonces. Los Frailes Menores celebran litúrgicamente la fiesta de Raimundo Lull. El Papa Pío XI habló de él en términos de alabanza en su carta encíclica “Orientalium rerum” (1928), pero sin darle el título de beato.

(fuente: www.eltestigofiel.org)