Hoy, 30 de junio, celebramos el día en que nació para la vida eterna el Cardenal César Baronio, exaltado miembro de la familia filipense.

“La santidad de la vida del cardenal Baronio siempre fue resaltable para todos. La causa de su beatificación, que comenzó pocos años después de su muerte (habiendo sido coronado con el título de “Venerable” por el Papa Benedicto XIV ), ha sufrido en las últimas décadas una paralización que no tiene razón de ser. En 2008, y tras una decisión de Su Santidad Benedicto XVI, se ha retomado este proceso y está siendo conducido por el Procurador General que se ha convertido en “actor”, debido a la ola de interés en los últimos años ha vuelto a producirse hacia la figura del santo y erudito.” (extracto del escrito del General Eduardo Aldo Cerrato)

Cardenal e historiador eclesiástico, nació en Sora, en el Reino de Nápoles el 30 de agosto de 1538; murió en Roma el 30 de junio de 1607; autor de “Annales Ecclesiatici”, una obra que marcó una época en la historiografía y mereció para su autor, después de Eusebio, el título de Padre de la Historia Eclesiástica.

Sus padres, humildes ciudadanos de Sora (Italia), no pudieron legar la antigua riqueza y poder ancestrales a su único hijo. Pero iba a poseer cualidades que proclaman mejor la nobleza—un profundo espíritu religioso, una caridad a la que repugna profundamente el egoísmo, una firmeza de la voluntad templada en la humilde obediencia, una agudeza y vigor mentales dedicados escrupulosamente a la causa de la verdad.

Baronio recibió su primera educación de sus inteligentes padres y en las escuelas de la cercana Veroli. Su intenso amor al estudio y su madurez intelectual animaron a su padre a enviarlo, a los 18 años, a la escuela de leyes de Nápoles: Después de unos pocos meses de confusión debido a la guerra franco-española por el dominio de Italia, se trasladó a Roma donde en 1557 se convirtió en discípulo de Cesare Costa, maestro en derecho canónico y civil.

Estaba allí cuando se encontró con alguien que iba a influir poderosamente en su destino y determinar, hasta en los detalles, su carrera y ocupaciones. Era Felipe Neri, sacerdote notable por su santidad, espíritu de piedad y caridad con los que inspiró a un pequeño grupo de sacerdotes y laicos a los que había formado en una confraternidad de buenas obras en la iglesia de San Girolamo della Carità. La importancia de este encuentro no se puede sobreestimar: el mundo pudo tener un Baronio, pero el Baronio de la historia es la obra de San Felipe Neri. Quedó impresionado por el serio estudiante de derecho de tan transparente inocencia de vida y al ver en él un sujeto obediente, lo enroló en su grupo. Esto no impidió a Baronio continuar los estudios para los que había venido a Roma, pero en todo lo demás se sometió a la dirección de Felipe de forma espontánea y completa. De Felipe recibió la dirección en el estudio y la guía espiritual y por sugerencia suya dedicó todo su tiempo libre a las obras de caridad entre los pobres y los enfermos.

Durante el año 1558 Felipe le asignó el importante trabajo de predicar en las conferencias que se daban con frecuencia en la iglesia de San Girolamo. En 1564 fue ordenado sacerdote y decidió compartir la suerte del pequeño grupo de Felipe; pero su ardor por la vida religiosa era tan intenso, que ya había emitido los votos de pobreza, castidad, humildad y obediencia a Felipe Neri como su superior. Sería el dúctil instrumento de su voluntad durante 25 años, cuyo tiempo dedicaría a la preparación de su obra sobre historia eclesiástica, en la que en adelante se centra el interés de por vida de Baronio.

El mérito de la idea es de Felipe, como el mismo Baronio testifica con filial devoción en los “Anales”. El santo sentía fuertemente la aflicción y desánimo causados en los círculos católicos por la publicación de las “Centurias de Magdeburgo” (el propósito de esa obra era comprometer la historia a la causa del protestantismo, demostrando lo mucho que se había alejado la Iglesia Católica de las enseñanzas y prácticas primitivas, en contraste con la consonancia de la Iglesia Reformada).

Lo que hizo en y sobre Roma, lo hicieron por él por todas partes corresponsales voluntarios y el nombre de Baronio llegó a ser conocido en toda Europa como sinónimo de penetración histórica sin precedentes, poder de investigación y celo por la verificación. Felipe debió comunicarle antes de 1569 su plan de organizar de forma permanente el material recogido, pero a pesar de la importancia de la obra, fue obligado por su maestro a compartirlo todo en los ejercicios del ahora creciente Oratorio.

A pesar de los obstáculos, su prodigiosa capacidad de trabajo y su hábito de dormir solo cuatro o cinco horas hicieron posible el asombroso progreso en sus investigaciones. Después de la fundación canónica del Oratorio (15 de julio de 1575) residió en Santa María en Vallicella, hogar definitivo de la nueva congregación, y siguió llevando la misma vida ocupada.

A principio de los ochenta habían madurado los planes para la publicación de la nueva historia de la iglesia, y en 1584, un cuarto de siglo después de comenzar su preparación, Baronio tenía la obra bastante adelantada, cuando su paciencia sufrió una nueva prueba. El Papa Gregorio XIII le confió la revisión del Martirologio Romano.

Tres Papas sucesivos quisieron nombrarle obispo. En 1593 sucedió al anciano Felipe como Superior del Oratorio, y a la muerte de éste en 1596, fue reelecto para otros tres años. En 1595 era confesor del Papa Clemente VIII, el cual le nombró protonotario apostólico y el 5 de junio de 1596, le creó cardenal. Baronio lamentó amargamente su remoción del Oratorio para residir en el Vaticano, o incluso lejos de Roma cuando la corte papal salía de la ciudad, lo cual era doblemente penoso, pues no podía seguir trabajando en sus Anales. En 1597 Clemente le concedió el más alto tributo a su erudición al nombrarle bibliotecario del Vaticano. Este puesto, junto con el cargo de la recién fundada prensa vaticana y sus deberes en las Congregaciones, le dejaban aun menos tiempo para trabajar en sus Anales.

En la primavera de 1607 Baronio regresó al Oratorio pues una visión le había advertido que su año 69 sería el último de su vida y había llegado al último volumen previsto de sus Anales. Fue trasladado a Frescati muy enfermo, pero viendo llegar el final, volvió a Roma, donde murió el 30 de junio de 1607. Su tumba se colocó a la izquierda del altar mayor de la iglesia de Santa María en Vallicella (Chiesa Nuova).

El cardenal Baronio dejó una reputación de profunda santidad que llevó al Papa Benedicto XIV a proclamarle “Venerable” (12 de enero de 1745). Las restauraciones que hizo en su iglesia titular de los santos Nereo y Aquileo y en San Gregorio en el Coelio aún nos da una idea de su celo por el culto decoroso. Pero los Anales constituyen el más conspicuo y permanente monumento de su genio y devoción a la Iglesia. Durante tres siglos han sido la inspiración de los estudiantes de historia y un depósito inagotable para la investigación. Ninguna otra obra ha tratado de forma tan completa la época que estudia. En ninguna parte se hallan reunidos tantos y tan importantes documentos. Los especialistas imparciales reconocen en ellos la piedra angular de la verdadera ciencia histórica y en su autor, las cualidades de un historiador modelo: diligencia infatigable en la investigación, pasión por la verificación, juicio preciso y lealtad constante a la verdad. Hasta en las agrias controversias que provocaron sus primeros volúmenes, la mayoría de los críticos eruditos reconocían su meticulosidad y honestidad. Pero esto no implica que la obra fuese impecable o final. Aunque era un maestro, Baronio era un pionero dotado con un espíritu crítico mucho más desarrollado, por decirlo de alguna manera, que el de sus contemporáneos, pero era tímido al ejercitarlo. Sin embargo estimuló un espíritu crítico que infaliblemente haría avanzar la ciencia histórica más allá del alcance logrado por él.

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