El próximo 14 de noviembre se conmemorará el centenario de la desaparición de uno de los miembros más insignes de la Familia Filipense, el Cardenal Alfonso Capecelatro, cardenal arzobispo de Capua y de la Santa Iglesia Romana.

Alfonso Capecelatro nació el 5 de febrero 1824 en Marsella, donde la familia de los duques de Castelpagano había sido exiliada, tras el retorno de los Borbones al trono de Nápoles.

De nuevo en el Reino de Nápoles en 1830 y madurada la llamada a la vida sacerdotal, en 1840 Alfonso fue acogido como novicio en la Congregación del Oratorio y allí recibió la ordenación sacerdotal en 1847. Elegido pronto Prepósito, ejerció el encargo durante quince años con amplia satisfacción de la comunidad y con la admiración de la sociedad.

La viva inteligencia y la actividad intelectual que lo caracterizaban desde el principio en aquel Oratorio (que, con su Biblioteca –la primera pública de Nápoles, rica de decenas de millares de volúmenes y centenares de manuscritos- era uno de los más importante centros de estudio y de cultura de la Ciudad), llevaron al papa León XIII a llamarlo a Roma, en 1879, como Vice-bibliotecario de Santa Romana Iglesia, después que también su nombre había circulado entre los cardenales para suceder al cardenal Diario Sforza en la sede arzobispal de Nápoles.

Muchas obras de carácter histórico, biográfico o apologético componen su extenso trabajo. Entre estas obras recordamos la Vida de S. Felipe Neri (Nápoles 1887), la Vida del P. Ludovico de Casoria (Nápoles 1887), la Vida de S. Alfonso Mª de Liborio (Roma 1889).

El 20 de agosto de 1880 fue nombrado para la sede arzobispal de Capua, que fue también la de S. Roberto Belarmino, y consagrado el 28 de octubre.  En el Consistorio del 27 de julio de 1885 León XIII  lo elevó a la Púrpura cardenalicia con el título de los Santos Nereo y Aquiles (dejada el año siguiente por el de Santa María del Pueblo), y en 1890, a la muerte del titular, lo nombró Bibliotecario de S.R.I., confiriéndole el encargo en el que, en siglos pasados –lo decimos no sin complacencia, resaltando que nuestro Instituto es el único que, hasta hoy, ha dado a la Sede Apostolica tres de sus miembros para este encargo- habían demostrado su valor los oratorianos Card. Baronio (del 1597 al 1607) y el Card. Giustiniano (Del 1646 al 1649).

Al Card. Capecelatro le tocó también la suerte de compartir la pertenencia al sagrado Colegio con los hermanos John Henry Newman (ceado en el Concistorio de 1879) y de los Monteros (del Oratorio de Sevilla, creado Cardenal en 1903). Fue la primera vez que en el Colegio cardenalicio se encontraron juntos tres purpurado oratorianos cuya estatura espiritual renovó el recuerdo de aquellos más antiguos –César Baronio (del Oratorio de Roma, creado en el 1596); Alfonso Visconti (del Oratorio de Roma creado en 1599) Horacio Giustiniani (del Oratorio de Roma creado en 1645); Pier Matteo Petrucci (del Oratorio de Jesi, creado en 1686); Luis Belluga y Moncada (del Oratorio di Córdoba, creado en 1719); Filippo Giudice Caracciolo (Oratorio di Napoles, creado en 1833)– y anticipó la presencia de Giulio Bevilacqua, del Oratorio de Brescia, creado por Pablo VI en el Consistorio de 1965.

Como arzobispo de Capua, por 32 años en los que dirigió la diócesis, Alfonso Capecelatro se dio principalmente a la actividad pastoral, pero su episcopado está caracterizado también por la especial atención a los problemas de la cultura del clero y del pueblo cristiano; abrió al público en 1881 la biblioteca arzobispal y la del seminario; dio vida a un importante periódico (La Campania sacra); instituyó la escuela de religión para suplir los límites de la enseñanza religiosa practicada en las escuelas estatales; organizó numerosas iniciativas incluso de carácter asistencial y caritativo, en particular a favor de los jóvenes.

F. Malgeri resalta que «su voz, sin embargo, no quedó circunscrita a los confines de la archidiócesis de Capua. Más de una vez se hizo sentir en campo nacional», como en ocasión de los debates sobre el proyecto de divorcio para introducirlo en la legislación italiana, cuando escribió su carta abierta a los parlamentarios, invitándolos a meditar sobre los riesgos que la aprobación del proyecto de ley habría comportado sobre el plano social, moral y religioso (cf. anche A. CAPECELATRO, Il divorzio e l’Italia, Roma 1893).

«También los problemas relativos a la cuestión social –escribe F. Malgeri- fueron afrontados por el Capecelatro todavía antes de la publicación de la encíclica leoniana Rerum Novarum. La “resolución de aquel nudo apretadísimo que llamó cuestión social” debía ser para el Capecelatro una de las tareas del movimiento católico […] que él concibió más como acción dirigida a difundir una larga vena de moral en la vida pública.

El 14 de noviembre de 1912 cerró en Capua sus días terrenos y, por su expreso deseo confiado en el testamento, fue sepultado en la Abadía de Montecasino. «Se puede bien afirmar, con segura conciencia –escribió P. Adimari sobre el Osservatore Romano– que el cardenal Alfonso Capecelatro, entre otros méritos que tuvo, y en gran número, sobre todo fue siempre esquivo de cualquier doblez; y esta dote que le facilitó la perfección cristiana como sacerdote y como obispo, caracterizó también toda su obra literaria, en la fidelidad de la narración, en la sobriedad de la descripción, en la medida del comentario. Así como en sus acciones no hubo nunca nada fuera de lugar, así en sus escritos no se encuentra más de cuanto ocurre para que respondan al fin que él se proponía escribiendo. Enemigo de toda vanidad como hombre, enemigo de toda retórica como escritor, él mantuvo constante su fisonomía moral; y por esto se congregaron en torno personas diferentes y discordantes, hermanadas por sus virtudes superiores».

Merece recordar también el testimonio del beato Bartolo Longo, que con el Capecelatro estuvo en estrecha relación de amistad y de colaboración: «Es un espíritu genuino y tranquilo […], intelecto ágil, perspicaz, lúcido, propio a hacer fáciles las más difíciles cuestiones, espíritu extraordinariamente equilibrado que parece estar más en alto que la vida de su tiempo, sin sentir opuestos temblores de pasión». (traducción del texto original en italiano por los rr.pp. D. Miguel Angel Garzón y D. Rafael Muñoz Pérez)

Extracto del diario ABC, días después de su fallecimiento:

(fuentes: hemeroteca.abc.es; oratoriosanfilippo.org; )