La experiencia de oración es algo muy personal y aunque cada uno de nosotros busquemos modelos en grandes orantes, al final cada uno tiene su impronta personal diferente y esto es así porque la oración es el contacto entre dos personas y ello siempre es singular.
No es fácil la oración y no porque la misma tenga una dificultad intrínseca, sino porque como todas las relaciones de amistad es algo que hay que trabajarlo, mantenerlo, fomentarlo. Cuantas veces con algún amigo de la juventud con el que hemos tenido una gran relación y por diversas causas lo hemos dejado de tratar, cuando al cabo de los años lo vemos, quitando la alegría del encuentro, al llevar un tiempo de charla, ya no sabemos de qué hablar y es que los intereses comunes, cuando la relación cesan se pierden, por ello es fundamental el ser contantes en la amistad, ser constantes en la oración.
La oración centra toda nuestra actividad humana y social en Dios de Él se nutre y hacia Él tiende como a su plenitud. La oración crea la unidad entre nuestra fe y nuestra vida y da sentido todo nuestro  caminar; podríamos decir que nos centra, nos da coherencia.
La oración que Jesús nos regala, el Padrenuestro, es una perla que tenemos los cristianos y que nunca valoraremos en su justa medida. Es una expresión de total confianza en Dios, su Padre y nuestro Padre. Esta confianza, nacida del amor es lo que nos identifica con Jesús desde el momento en que oramos con él. Es una oración que contiene todos los elementos que configuran la vida cristiana, con un carácter personal y social que nos induce a descubrir que Dios está en el centro de nuestra vida personal y que lo profesamos en el corazón de la sociedad, allí donde más necesidad hay que afecto, de compañía, de relación, de perdón.
Siguiendo el modelo del Maestro, si hemos aprendido a orar, tenemos la obligación de enseñar a los demás a hacer lo mismo. Es bueno mantener una pedagogía de oración en la parroquia, en la familia o en el mundo en el que estamos. Tener como base de oración las palabras de Jesús, nos ponen en relación directa con Dios y nos permite penetrar en la misma experiencia que él vive y comunica del amor de Dios su Padre y por tanto penetramos en la misma vida divina.
Jesús anuncia la misericordia liberadora de Dios en relación con aquellos que encuentra en el camino,
comenzando por los pobres, los marginados, los pecadores, e invita a seguirlo porque Él es el primero que de modo totalmente único, obedece al designio de amor de Dios como su enviado al mundo.

La misericordia liberadora de Dios es para nosotros razón y fuerza para ejercerla con nuestros hermanos, los de lejos y los de cerca. Somos testigos del amor paciente de Dios que nunca abandona a su pueblo.
Pidamos al Espíritu Santo que habite y ore en nosotros, manteniendo siempre una actitud filial, para poder darnos a los demás a fin de proyectar en ellos y el toda situación humana si amor misericordioso y liberador.
Oh Dios, protector de los que en ti esperan; sin ti nada es fuerte ni santo. Multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos. Amen.
(Fuente: caritas-sevilla.org)
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