El Evangelio de este domingo nos puede parecer que contrasta con la idea que tenemos de Jesús como un hombre de paz. Las palabras proclamadas hoy no rompen con la ser de Jesús, sino con la misión que tiene de ser signo de contradicción ante el mundo, donde todos ante Él, deben tomar la decisión trascendental de aceptarlo o rechazarlo, con todo lo que ello conlleva.
Jesús no deja indiferente a nadie, sino que con su mensaje purifica, renueva y provoca, porque exige un cambio profundo del corazón, de conversión. La purificación conlleva siempre violencia, la cual es precisa, no tanto para los demás, como para nosotros mismos, cambiar nuestras actitudes,  orientaciones y dioses que tenemos por referencia. La sociedad no se mejora o se empeora por la  simple decisión de una persona, sino por un conjunto de ellas que toman decisiones, que tienen
actitudes basadas en valores donde prima el egoísmo, el poder y el dinero, por tanto un cambio trascendental del mundo precisa y cambio personal que implicará un cambio social.
Es preciso que asumamos un nuevo sentido a nuestra existencia, en la dirección que Dios nos propone y que no siempre coincide con lo que nosotros proponemos y queremos. Cambiar desde dentro es renovar, porque lo que surge el nuevo, tiene valores distintos, afecta a la realidad de una manera positiva y desarrolladora de las personas.
Como Iglesia encarnados en medio del mundo, hemos de ser signos de renovación llevando a la acción nuestro compromiso liberador. Nuestro ardor evangélico ha de contagiar todas las realidades humanas, poniendo a Dios como centro de nuestra vida personal y de las estructuras de nuestra sociedad.
Nuestra palabra y nuestro actuar ha de ser provocador. Sabemos que encontraremos fuertes resistencias y seremos vistos como signos de contradicción, porque no nos adaptamos ni a las rebajas que exigen el mundo en el que estamos ni ante cualquier intento en contra de la dignidad humana. Es el destino del profeta, pero es una labor irrenunciable para cada uno de nosotros.
La paz es nuestra propuesta, pero una paz que lucha por la justicia y por estar al lado de los indefensos, una paz que no es aceptada por aquellos que quiere beneficiarse de un orden social injusto. Jesús quiere quemar el mal que existe y salvar a la persona que sigue siendo esclava de él.
Nuestra fe nos lleva a tener esperanza que se hace presente en la caridad, sin cansarnos ni perder el ánimo, siguiendo a Jesús teniéndolo por el compañero de busca privilegios ni disimula injusticias. Hemos de ser profetas sabiendo que no podemos renunciar a la integridad del mensaje ni a la coherencia de su testimonio, por ello hemos de ser capaces de dar la vida por amor, como Jesús.
Pidamos siempre la fuerza del Espíritu para que genere en nosotros un cambio radical que nos lance a transformar lo social. Contamos para ello con el fuego del amor de Dios que envuelve a la creación entera y que la conduce hacia que todo converja en Cristo.
Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman; infunde el amor de tu nombre en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas que superan todo deseo. Amén.
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