El sabio aprecia las sentencias de los sabios, el oído atento a la sabiduría se alegrará”, dice el Eclesiástico (3,29). Este domingo el Señor nos quiere enseñar donde encontrar la verdadera sabiduría. El verano ya se va, volvemos al ritmo ordinario de la vida y la liturgia de hoy nos invita a una de las virtudes más bellas e inteligentes, actitud del hombre sabio y prudente, la humildad. Practicar la humildad no es tarea fácil pero es la más hermosa forma de comenzar este nuevo curso: ¡Buscar y a practicar la humildad! Se trata de disponer el alma hacia Dios y hacia el prójimo. La humildad es reconocer que solo Dios es grande, que solo Dios es bueno, que solo Dios es misericordioso… Para con el prójimo la humildad se traduce atención, paciencia, compasión…“ Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios” (Eco 3,18)

Estas normas de sabiduría alcanzan en Cristo su plenitud: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29) La humildad es una actitud básica que losseguidores de Jesús han de cultivar. Para ser un buen testigo es necesario ser el último, el servidor de todos, pues Él mismo es “humildad encarnada”, Él mismo siendo poderoso se ha hecho como uno de nosotros. En el Evangelio de hoy Jesús es invitado a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos. La intensión de los “maestros de la ley” que acudieron a la reunión no es compartir la comida, sino observar su comportamiento para encontrar un punto débil donde poder atacarle: “ellos le estaban espiando” (14,1). Jesús había salido airoso cuando antes de comenzar la comida curo, en sábado, al enfermo de hidropesía: “¿Es lícito curar los sábados, o no? ” (14,3) Jesús aprovecha este escenario y propone dos parábolas: una va dirigida a todos los invitados y otra al anfitrión. En la primera critica a los invitados que buscan los primeros puestos; en la segunda sugiere al dueño de la casa, a quien ha de invitar a su mesa.

La primera razón, que nos propone Jesús, para no ocupar los primeros puestos, aunque resulte algo extraña en boca del Maestro, todos entendemos a la perfección, pues es una actitud muy humana: ser educado (tú primero), “quedar bien”, no hacer el ridículo… No ocupar los primeros puestos, ¿es  cuestión de educación? ¿o es una simple estrategia, situándonos en lo más bajo para que luego nos encumbren y así quedamos mucho mejor?. Lo cierto es que todos buscamos el sentirnos reconocidos por los demás. En los ambientes donde nos movemos, social, cultural, familiar, religioso…, deseamos ser los primeros, y para ello buscamos cualquier estrategia, hasta la de la falsa humildad: “yo el mayor de los pecadores”. Otras veces no nos andamos con remilgos y creyéndonos el mejor, el más perfecto, intentamos no solo ocupar los primeros puestos sino también imponer nuestra voluntad y ¡si tengo que pisar a alguien, lo hago y ya está!

En el Reino de los Cielos el que se humilla será enaltecido y esto no es cuestión de estrategia ni de educación, es cuestión de vivir la humildad. La humildad es una de las virtudes que menos cultivamos en este mundo de competencias, de luchas por ser el mejor. Vivir humildemente es un estilo de vida que no se lleva, que parece no tener “futuro”, pues la humildad nos sitúa en el lugar que nos corresponde, ante Dios y ante los demás. ¡Eso es la humildad!

En la segunda parábola Jesús señala a quienes debemos invitar al banquete: “Invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos” (14,13). Invita a todos aquellos que no tienen medios para corresponderte. Todo esto es cuestión de caridad, de amor, de entrega a los demás. ¿Qué valor tiene dar al que te da? ¿Es la vida una transacción? ¿El amor es un intercambio, si tú me das yo te doy? ¡No!, el amor de verdad es dar a fondo perdido.

Esto no significa que Jesús rechace el amor familia r o la reciprocidad en el cariño, la entrega, la disponibilidad… Lo que no acepta es que estas relaciones sean siempre lo primero y a veces lo exclusivo en nuestra vida. ¡Qué fácil es amar a quien te ama, pero que difícil es amar a aquel que está alejado, que no pertenece a tu entorno, que no conoces e incluso que conociéndote no te ama! Eso fue lo que hicimos con Jesucristo, ¿no?: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11)

¿Se puede vivir amando al otro aun sin conocerlo? ¿Se puede amar sin esperar nada a cambio?

“Serás bienaventurado, porque no pueden pagarte” (14,14). Hermosa bienaventuranza la que el Señor nos revela hoy, invitándonos a vivir la caridad con humildad y espíritu de servicio: “Dichosos los que viven para los demás sin recibir recompensa”.

Decía san Juan de Ávila en uno de sus sermones: “No sé si habéis caído en la cuenta,si os habéis parado a pensar en cuánto cuidado está puesto nuestro Dios por nosotros. Púsonos tanta gana, tanta inclinación para subir, que no nos contentamos, aunque subamos hasta los cielos. Todos queremos subir. Mas ¿qué es esto que nos puso Dios? Un deseo, una gana tan entrañable de subir, que nunca jamás nos contentamos hasta tener lo que queremos. Y ansí veréis que tan descontento estáis después que habéis subido a una deseada dignidad como antes. Y aunque subieses a ser señor de todo el mundo, no te hartarías de subir; tan descontento estarías como si no tuvieses nada. Y ansí, aunque fueses señor de los ángeles y de los cielos, no estarías contento si no subieses a ver a Dios”.

Subamos, busquemos los primeros puestos, pero no en este mundo sino ante Dios y esto solo podemos hacerlo viviendo la humildad, por que “ todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (14,11)

Dios todopoderoso, de quien procede todo bien, siembra en nuestros corazones el amor a tu nombre, para que, haciendo más religiosa nuestra vida, acrecientes el bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves. Amén.

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