ONDA 26 es el lugar del blog en el que nos acercamos al entorno de San Felipe, ya sea a través de noticias de la familia filipense, testimonios o cualquier otra manifestación del espíritu de Felipe Neri.

Lo había deseado toda la vida: llegar a alcanzar la plenitud. Dios Padre le había regalado casi 80 años para conseguirlo. Felipe se entregó a la causa para lograrlo. El Señor Jesús, “il suo amore” (el amor de su vida), le esperaba para imponerle la corona del triunfo, su plenitud: ¡Paraíso, Paraíso!

Durante el último año de su vida, sin duda inspirado por el Espíritu Santo, se le oía decir con frecuencia: “¡Quien quiere otra cosa que Dios, está equivocado. Quien ama a otro que no sea Él, comete un error fatal!” Y ante esta contundente afirmación recordamos, como anécdota, la respuesta que dio a la esposa del embajador español que le preguntó cuándo había dejado el mundo para dedicarse a la vida espiritual: “¡no sabía que lo hubiere dejado en algún momento, señora!” Así que, con los pies muy en la tierra siempre, sabía lo que decía y lo hacía con sabia convicción.

felipeHa cumplido 79 años. Su naturaleza poco a poco se ha ido debilitando. Fiebres altas iban y venían, golpes de tos y hemorragias preparaban el encuentro tan anhelado. Eran las dos de la madrugada de un 26 de mayo, primavera, explosión de la vida, mes de María, a la que, al quedarse huérfano, había dicho “desde ahora Tú serás mi mamá”.

Murió como deseaba, “con las botas puestas”. El día anterior, fiesta del Corpus Christie, celebró la eucaristía y cantó el Gloria in excelsis Deo, cosa poco usual en él, con especial emoción y alegría; escuchó confesiones hasta la cena y recibió visitas todo el día, alguna de cardenales para informar al Papa que quería estar informado de la salud del P. Felipe, confesor durante más de treinta años de varios papas; pidió que le leyeran la vida de San Bernardino de Siena y que por dos veces releyeran el momento de su muerte; conversó un rato con muchos de la casa, les dio su bendición, se despidió de todos y preguntó la hora. Se le oyó canturrerar: “Una y una, dos; dos y una tres, y a las tres me iré”. Había rezado Maitines, el resto del Oficio Divino lo rezaría en el cielo. Felipe había dicho muchas veces que Dios hace saber a sus servidores el día de su muerte, y en él pareció cumplirse.

Creyeron que había mejorado y se retiraron a descansar. Eso sí, habían notado expresiones especiales en su mirada, tratar a todos con más ternura que nunca, y con una particular efusividad y cordialidad casi extrema. Felipe se quedó sólo. El poco tiempo que le quedaba quería estar a solas con el Señor a quien había rezado ese día con especial y profunda devoción.

Una hora antes de morir se levantó y anduvo por la habitación con golpes de tos más fuertes que los habituales. Acudió un hermano por si necesitaba ayuda y, como sabía que había llegado su hora, dijo: “no se esfuercen más con sus medicamentos. Voy a morir.”

La comunidad, rodeando la cama, rezaba y lloraba. Abrió los ojos y durante unbuen rato los fijó en el cielo, luego bajó la mirada hacia los hermanos, inclinó la cabeza y, sin moverse, entregó el espíritu. Parecía que se había quedado plácidamente dormido. Lo despertaron los ángeles que ta cantaban las Laudes del día 26. Felipe se unió a sus voces:

Ángeles del Señor, bendecid al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor.

Santos y humildes de corazón, bendecir al Señor.

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor.

Ensalzadlo con himnos por los siglos.

Anuncios